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lunes, 22 de septiembre de 2014

LEGADO EN LOS HUESOS. Dolores Redondo



No sé explicar muy bien porqué, pero aunque la lectura de El guardián invisible me resultó atractiva y envolvente, me dejó un poso de melancolía y un malestar difícil de explicar, como si un frío extraño se hubiese apoderado de mi.
Al menos esos sentimientos afloraron en el momento en que apareció la segunda parte de la trilogía de Batzán. Había algo inexplicable que casi de inmediato me hizo rechazar su lectura y dejar que la primera de las entregas se quedase sin continuación. Pero ahí estaba, siempre presente esa atracción que lograba que en más de una ocasión sujetase el libro a punto de comenzar la lectura.
Hasta tal punto que una de esas veces penetré en ella hasta que lograron despertarse todos los fantasmas que quedaron dormidos en el primer "capítulo". Poco más de sesenta páginas en una hora y lugar intempestivo consiguieron que la inquietud volviese a aparecer y ya tuviese la seguridad de que más pronto o más tarde iba a seguir la pista de la inspectora Amaia Salazar. No fue hasta bien entrado el verano, y las temperaturas consecuentes con la estación, cuando retomé la lectura ya consciente de que no había marcha atrás.
La historia envolvente, los escenarios y personajes conocidos, se adueñan de todo, hasta tal punto que es fácil centrarse en sus páginas por encima de todo, buscando cualquier momento, cualquier instante, por mínimo que fuera, para seguir leyendo. Atrapado y conteniendo la respiración en cada párrafo la mente vaga por el Valle de Baztán, por las calle de Pamplona y Getxo a la vez que hay que reprimir el impulso de gritar para que la protagonista desista en sus acciones, como queriendo advertirle del peligro que ella misma presentía. El mismo miedo que sufre Amaia se escapa de las páginas del libro para atrapar al lector, para que este sienta por momentos como se deja llevar por una especie de locura que se respira en todo momento.
Dolores Redondo no se conforma con crear un ambiente, con situar unos personajes al borde del colapso, sino que logra que el lector ponga todos sus sentidos en alerta y se sienta preso de la atmósfera agobiante que despide todo el libro. Así que hay momentos en que tendrá la tentación de abandonar la lectura, de dejar de sufrir con la protagonista, de apartarse de la sensación de inseguridad ante todo lo que perece nos supera.
Legado en huesos se agranda a medida que la lectura avanza, engrandeciendo también El guardián invisible que se hace presente sobre todo cuando esta segunda entrega traspasa la mitad de sus páginas. Sí, resulta inquietante, tanto los acontecimientos como la mente de los personajes hacen que la historia tome giros inesperados, sorprendiendo en más de una ocasión y creando una sintonía entre el lector y la familia de la inspectora que casi hace obligado esperar la tercera parte, para la que, seguro no hay espera ni miedos a empezar la lectura.
Pero sin duda alguna el mayor éxito de Redondo es lograr que cada vez que se trate de explicar el libro, se produzca un silencio extraño, como si faltasen las palabras, como si fuese muy difícil de condesar las sensaciones que produce la lectura del libro. Sensaciones cambiantes que evolucionan desde el principio hasta el fin y que logran que el misterio y la magia telúrica que envuelve al valle sobrepasen a la propia trama de la historia.

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