QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...

lunes, 29 de diciembre de 2014

VIAJO SOLA. Samuel Bjork



La narrativa negra nórdica desembarcó hace unos años en nuestro país con un buen número de autores y novelas que han logrado catalogarla como un subgénero dentro de la narrativa policíaca. Steig Larsson, Jussi Alder-Olsen, Camila Läckberg, Johan Theorin, Jo Nesbo, Asa Larsson, Mari Jungstedt, Arnaldur Indridason y un buen número ocuparon durante al menos un par de años las preferencias de muchos lectores del género. Aunque descubrí alguno como Alder-Olsen -sigo pensando que Henning Mankell, siempre que esté en sus manos Wallander, está muy por encima de los demás-, muchos de los más reconocidos me dejaron indiferente en muchas de sus novelas.
Así que cuando el pasado mes de octubre llegó a las librerías españolas la novela de un autor desconocido en nuestro país, no lo coloqué entre mis preferencias. Sobre todo por que a la enorme carga publicitaria que me hacía desconfiar, se unía el últimamente recurrente tema del secuestro de niñas. Me conformé con echar un vistazo a la información que la editorial destinaba a su lanzamiento.
Pero claro, como nunca digo "de este agua no beberé", hace quince días me pareció la mejor lectura para un viaje en autobús, una compañía cómoda y entretenida que me hiciese más distendido el recorrido.
Dicho y hecho, apenas comencé a leer me sentí atrapado por la novela, por la manera de narrar de Samuel Bjork, perdonen que no sea capaz de escribir la o al lenguaje noruego atravesada por una barra, por unos personajes que descubrían mucho más de lo que acontecía en la novela y por una trama perfecta, inteligente y sugerente.
No voy a decir que estuve esperando el viaje de regreso para rematar la lectura, pero casi, y es que tanto Holger Munch como Mia Krugüer, los protagonistas de la novela, me hicieron sentir cómplice de sus pesquisas, de sus diálogos y de sus similitudes y diferencias. Hasta tal punto que he llegado a sentir pánico cuando las cosas no sucedían como se esperaba, cuando ciertos lances de la trama se escapaban a lo lo que parecía iba a ocurrir. Por no olvidar al importante número de secundarios a los que acertadas pinceladas me permitían dibujar y ponerles cara y voz dentro de mi imaginación.
Y es que Samuel Bjork ha sabido, en todo momento, construir unos sucesos tan visuales que apenas cierra los ojos el lector parece imaginar todo lo que está aconteciendo, incluso lo que va a suceder a continuación, como si todo se estuviese observado en una gran pantalla y nada quedara fuera del encuadre.
Aunque lo mejor, lo que más destacaría sería la trama orquestada a la perfección. Una trama que además de atrapar te va invitando a ir más allá, a recorrer otros caminos además de los que muestra la pareja de policías protagonistas. Sabes durante la lectura que hay algo que se te escapa, que tiene que existir algo más que la simple correlación de los sucesos, pero quieres seguir leyendo con moderación para que nada se escape. Y todo está tejido a la perfección, no hay una puntada sin hilo, ni historias superfluas que lo único que consiguen es aumentar el número de páginas, ni falsos posibles culpables que intentan despistarte.
Logra, además, transmitir la tensión, los momentos en los que el termómetro sube hasta lo inimaginable con un cambio brusco en la manera de narrar, en lograr que cuando los protagonistas estén al filo de la navaja el lector sienta el peligro, el agobio, la sensación de falta de aire que consigue que el pecho sienta cada latido, cada segundo como si fuera el más importante.
Por si todo fuera poco no se conforma con rematar la historia de manera convincente, sin coincidencias e "inspiraciones" increíbles a la que tanto nos está acostumbrando la mayor parte de los escritores de novela de intriga actuales, sino que el último cuarto del libro es memorable, conjugando las historias que se han ido sumando a lo largo de la novela de manera casi magistral y dejando un sabor de boca tan bueno que tienes deseos de pregonar que por fin has encontrado una novela del género negro que cumple a la perfección todos los requisitos.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES. Andrés Trapiello



No voy a decir que soy un apasionado del Quijote, conozco a varios que sí lo son y sus conocimientos sobre la obra de Cervantes en nada se parecen a los míos. Pero sí que me gusta su lectura de vez en cuando, leer el libro como lo que es, una novela de aventuras. Y hacerlo, además, sin seguir un orden concreto, simplemente abrir al azar un capítulo y comenzar su lectura como si esta fuese independiente. De hecho suelo marcar con una señal cada vez que leo un capítulo para comprobar cuántas veces lo he leído, así algunos tienen seis marcas mientras otros apenas indican dos lecturas.
La idea no es mía, no recuerdo bien quién me la enseñó hace muchos años, pero la he ejercido durante muchas noches de insomnio y debo reconocer que tiene un efecto perfecto, hasta tal punto que se ha convertido en esa lectura de la que no te cansas por muchas veces que acudas a ella.
Así que cuando Andrés Trapiello osó aventurarse en relatar los sucesos que acaecieron tras el fin de la novela, recogí el guante con la duda de si era o no buena idea intentar narrar lo que sucedía tras la muerte del Ingenioso Hidalgo. Para mi sorpresa todo olía a Cervantes, prosa, ritmo, actores, escenarios me volvían a mostrar las historias ya vividas, pero había algo más, ahora se se engrandecían algunos de los sucesos que ya conocía con nuevos y variados puntos de vista. Trapiello había conseguido revivir a los principales personajes sin apartarse nada del espíritu de su creador, con nuevas y singulares revelaciones sobre lo que acontece con los principales personajes una vez muerto Don Quijote.
Y ahora, cuando ya se habían quedado dormidos los ecos de aquella lectura, no así los creados por Cervantes que aún acompañan algunas noches, Trapiello nos regala otra nueva aventura en la que el recuerdo antiguo se convierte en una nueva ensoñación y una nueva aventura.
Pues son aventuras y divertimento lo que nos ofrece El final de Sancho Panza y otras suertes. Aventura por que seguimos el sendero que nos marca el escudero Sancho Panza, la sobrina Antonia, el ama Quiteria y el bachiller Sansón Carrasco. Y divertimento por que Sancho no cejará en el empeño de sacarnos una sonrisa, y si cabe alguna carcajada, de llenar de humor una lectura ágil y tan perfectamente encajada que demuestra bien a las claras la calidad literaria de Trapiello.
Sí, se vuelven a contar sucesos en los que Don Quijote fue el protagonista, acontecimientos conocidos o imaginados, ciertos o no, pero de los que en todo momentos somos conscientes que forman parte de la propia vida de Don Quijote. Pero hay algo más, a la prosa clásica, cervantina, que nos traslada a la lectura original, se le ha añadido la precisión de la modernidad, los guiños y juegos de quienes nos sentimos conocedores de un pasado, de una aventuras que se fortalecen ahora gracias a la memoria de quienes las vivieron y quienes las leímos.
Una novela adictiva, natural, en la que entramos con el pie derecho desde la primera frase y continuamos con el disfrute de ser nosotros mismos parte de la propia aventura, de una historia que parece no va a acabar nunca, por mucho el título nos quiera demostrar lo contrario. Trapiello lo ha vuelto a hacer, ha logrado que nos sintamos de nuevo compañeros de Sancho y su singular compañía.

viernes, 12 de diciembre de 2014

EL MONSTRUO DE HAWKLINE. Richard Brautigan



De Richard Brautigan apenas sabía algo más que el título de su obra más emblemática La pesca de la trucha en América (aunque la editorial Blackie Books ha publicado En azúcar de sandía y Un general confederado de Big Sur) y un rápido vistazo de su manera de escribir.
Pero claro, me encuentro con un título demasiado sugerente como para que pasara inadvertido. No tanto las primeras palabras del título como sí de "un western gótico" que, de inmediato, descubrí que pertenecían al título original. Para colmo el primer párrafo dejaba entrever que no el interior estaba a la altura:
"Estaban agazapados con su rifles en el piñal, observando cómo un hombre enseñaba a montar a caballo a su hijo. Era verano de 1902 en Hawai.", fue todo uno.
¿Un western gótico? ¿En Hawai? No pude evitar sentir ese conquilleo que aparece muy de vez en cuando y que suele augurar lecturas diferentes y señaladas,  libros que suelen contar algo más que una historia al uso.
Richard Brautigan construye un libro en pequeñas dosis, breves capítulos que nos van llevando de la mano por la trayectoria de Cameron y Greer, dos pistoleros que desde la primera página logran que nos pongamos de su parte. Dosis perfectas, ajustadas, como si cada palabra, cada párrafo fuesen necesarios, como si cada capítulo se hiciese imprescindible al unirlo al anterior y al posterior, como si cada uno se correspondiese con una inspiración o una espiración.
No hay duda que hay mucho de surrealismo, de situaciones descabelladas, hasta tal punto que raro será el capítulo, por mu breve que sea que no despierte por igual sorpresa y sonrisas. Brautigan logra la complicidad del lector con un humor que antes que buscar el golpe cómico o la risa fácil consigue crear un ambiente en el este sea tan imprescindible como lo son los distintos personajes.
Aunque sin duda alguna, el mayor logro de la novela radica en los silencios, en aquello que el escritor no ha escrito, en lo que el lector no ha leído y es que en la historia pasan muchas más cosas de las que se cuentan, hay imágenes sin explicaciones que se dibujan con una claridad que engrandece, aún más si cabe, la novela.
Y claro, todo lo consigue Brautigan con una prosa sencilla y un lenguaje nada complejo, con presentaciones y descripciones escuetas, dejando que sea el lector el que complete muchos de los escenarios y las situaciones. Una lectura ágil y sugerente que atrapa de principio a fin y que permite disfrutar de la lectura mientras se es partícipe de una aventura descabellada y entretenida.

jueves, 4 de diciembre de 2014

CUENTOS DEL RAMAL DEL NORTE. Raúl Rubio Escudero



Aunque soy muy desconfiado con las promociones y estoy más que escamado con la publicidad, suelo tener muy en cuenta a los lectores con criterio cuando estos me hablan de sus lecturas. Así que en cuanto Gonzalo me recomendó que empezase el libro de Raúl Rubio por el tercero de los relatos que lo componen, no dudé en hacerle caso. Sobre todo cuando nunca he tenido claro el criterio que llevan los autores o los editores (que en este caso es los mismo) a la hora de ordenar los relatos.
Pero como decía comencé a leer Cuentos del Ramal del Norte por el tercero de los relatos: "Matías Antolín". Y no solo logró engancharme, sino que cuando terminé de leer los dos primeros volví a releer, casi sin darme cuenta, los otros cinco relatos.
Raúl Rubio no solo escribe bien, manejando el lenguaje con esa precisión que parece ha perdido importancia, sino que permite que los profanos sobre el Canal de Castilla tengamos la sensación de formar parte de él, como si la distancia física y temporal de los hechos y lugares que se narran no existiese. El autor sabe ajustar con acierto las descripciones de escenarios y personajes, dotando a estos de una fuerza tal que no dejan de acompañarnos en las lecturas siguientes. Julián, Salvador, Manuel De la Gándara, Carlos Lemaur, el propio Vicente Antolín y un buen número más de personajes recorren las páginas del libro con el espíritu de una novela, hasta tal punto que cuando la cierras tienes más sensación de haber leído una novela que un libro de relatos. Que los hechos sucedan en tiempos diferentes y que los personajes sean otros carecen de importancia, pasan tan desapercibidos que solo dándole más de una vuelta te percatas de que no todo pertenece a la misma historia, ¿o sí? lo mismo da.
El autor nos introduce en la propia dinámica del Canal, de sus barcas y esclusas, invitándonos a formar parte de una historia que es nuestra desde el momento que leemos más de una página. Ya no hay vuelta atrás, no hay descanso cuando el relato finaliza, hay que seguir leyendo y viviendo, o mejor sobreviviendo en las duras aguas del Canal.
Raúl es preciso, como dije anteriormente, pero es algo más, ya que en sus palabras se esconde la misma esencia del Canal y, lo que es más importante, de quienes construyeron y vivieron en él, logrando que dicha esencia hable por sus palabras y gestos, permitiendo que al cerrar los ojos los espacios físicos se configuren con una facilidad pasmosa, como si en nuestra propia memoria anidasen dormidos los recuerdos del pasado.
Todo ello con la naturalidad que hace de la narración un verdadero disfrute, sin mayor pretensión que contar una historia, con lo que logra que esta se aparezca ante el lector sin altibajos, sin brusquedades violentas que adulteren la lectura. En todo momento el libro consigue transmitirnos el latir del Canal.
Un libro para saborear, para disfrutar de la lectura, para dejarse llevar y sentir una visión muy diferente de la Castilla a la que estamos acostumbrados a vivir. Un libro que consigue que al leer su última página nos invada una paz inexplicable, la sensación de formar parte de una historia sencilla y dura, pero llena de humanidad. Un libro que sin más pretensión que contar una o varias historias y que ha logrado que la memoria colectiva se de la mano en forma de muy buena literatura. 

martes, 25 de noviembre de 2014

INFERNO. Dan Brown




Leí El código da Vinci como una novela de intriga y misterio, entretenida y de ágil lectura unos meses antes de que se convirtiera en una de las novelas más leídas, y debatidas, del mundo.
Sinceramente no le supe sacar el partido "esotérico" o "religioso" que tanto dio que habla después y muchos de los comentarios sobre su lectura me resultaban chocantes en exceso. Pero hay que reconocer que gracias a la novela se engancharon muchos lectores y era fácil comprobar en cualquier aeropuerto, playa o piscina lectores de distintas nacionalidades con el libro de Dan Brown entre manos.
Con el mismo propósito leí Ángeles y demonios y recuerdo que Robert Langdon volvió a entretenerme y punto, pero ya era consciente que sus aventuras habían dejado de interesarme, aunque vuelvo a repetir que todo lector puede buscar en cualquiera de sus novelas (ficción y no realidad como algunos llegaron a interpretar) un buen entretenimiento.
Ni el Símbolo perdido, La fortaleza digital o el propio Inferno estaban dentro de  mis posibles lecturas, pero cuando estás de viaje en el extranjero es difícil elegir cuando has acabado con las seleccionadas. Así que recibí con naturalidad la última de las novelas de Dan Brown.
Hasta ese momento no me había parado a observar la portada del libro para descubrir los tejados y las cúpulas de Florencia, ni siquiera que la sombra de Dante y su obra sobrevolaba por las páginas del libro. Eso sí, tuve que hacer un notable esfuerzo para borrar de mi mente la figura de Tom Hanks, pésimo interprete de Robert Langdon en la gran pantalla y que nada se ajusta a la imagen que yo me había creado en la cabeza.
La trama me enganchó de inmediato y me sumergí en la aventura como un acompañante del propio Langdon, intentando adivinar qué es los que se ocultaba tras el misterio que empezaba a dibujarse. Pero la absurda necesidad de querer demostrar el conocimiento tanto la obra de Dante como de los escenarios en que se mueven los protagonistas de la novela  empezaban a cansarme.
Hasta tal punto que las explicaciones me resultaban recargadas, repetitivas e innecesarias para la lectura del libro. Es posible que al conocer Florencia, la distribución de sus calles y sus monumentos, muchas de las explicaciones se me antojaron innecesarias, máxime cuando luego algunas no aportaban nada a la trama.
Aunque no conozco Venecia y me pasaba lo mismo, eso sí, en menor medida dado que la trama apenas se desarrolla en esta ciudad.
Quizá lo que más rabia me da es que una novela de intriga y misterio, que podría ser un buen entretenimiento queda recargada en exceso. Vamos que quitando cien o ciento cincuenta páginas la novela no se habría resentido y la lectura habría sido más cómoda y ágil. No voy a negar que seguro habrá quien agradezca las descripciones y los detalle, incluso que tras la lectura se sientan atraídos por los escenarios que aparecen en la novela, pero en mi opinión un libro de estas características debe prescindir de aquello que no favorece la trama ni la puesta en escena de la misma.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LOS CRÍMENES DEL MONOGRAMA. Sophie Hannah



Si algo no faltó en mi casa fueron libros. Desde mis primeros recuerdos las estanterías llenas de libros de todo tipo pueblan mi memoria hasta casi recordar la ubicación de cada uno de ellos. Y si algunos destacaban por encima de los demás eran las novelas de Zane Grey (quiero acordarme de Huracán y La gran caravana) de la Editorial Juventud, las obras completas de Julio Verne encuadernadas en piel (no recuerdo bien la editorial, pero sí que mi madre siempre tenía alguno de aquellos tomos rojos y gruesos entre manos) y las novelas de Agatha Christie editadas por Molino, no solo estaba la colección completa, si no que incluso había títulos repetidos para tener siempre a mano un buen  regalo en caso de cumpleaños o celebración inesperada.
Así que recibir la noticia de una nueva aventura de Hercules Poirot, a pesar de tener una extraña preferencia hacia Mrs. Marple, supuso una oleada de sensaciones difíciles de explicar. Por una parte la alegría de poder recuperar uno de esos mitos que siguen tan vivos como en la primera lectura (las nuevas reediciones de RBA han logrado en estos últimos años volviese a leer a Agatha Christie sin tener que recurrir a los desgastados y oscurecidos libros de la casa de mis padres), Poirot y la misma Agatha Christie. Y por otra la desconfianza de que alguien que no fuese la autora original desenterrase la figura del detective Hércules Poirot, máxime cuando este falleció en la novela Telón publicada en 1975.
Un halo de desconfianza se apoderó de mí desde el principio, hasta tal punto de no sentir atractivo alguno por leer la novela. Pero claro, hay algo que a los lectores nos impide abstraernos de algunos libros ciando los tenemos delante, como si estos tuvieran el suficiente carisma como para que resulte imposible no sentir un atractivo especial.
Así que tras varias miradas, colocaciones y recolocaciones caí en la trampa y comencé a ojear el libro. Planeta no es tonta y colocó la firma legible y clásica de la autora inglesa en la parte superior de la portada y el lomo, destacando por encima de la autora de la novela, la hasta ahora desconocida, al menos para mí, Sophie Hannah. Las esquinas redondeadas del libro, los colores dorado y negro y el relieve de la portada hacen de Los crímenes del monograma un libro sumamente atractivo, a lo que hay que añadir una letra de gran tamaño que se hecha en falta en otras publicaciones actuales.
Poirot ya aparece en la primera página, con lo que es inevitable quedar subyugado desde esta y avanzar la lectura con la increíble excusa de ver cómo está escrito el libro. Cuando te quieres dar cuenta ya formas parte de la historia y has vuelto a quedar prendado del detective belga, al que, para que voy a negarlo, siempre he querido estrangular por esa suficiencia y esas manías tan particulares sin las que no sería quien es pero que en más de una ocasión lograr llenar de nervios tanto la escena como al lector.
Sophie Hannah ha logrado, al menos durante la lectura, rápida y ágil, que me olvide de todo tipo de suspicacias y me convierta en un espectador de lujo de la acción, acompañando no solo a Poirot en su investigación, sino a todos aquellos personajes que se mueven en la novela al margen del detective, en espacial el detective Edward Catchpool de Scotland Yard.
Quizá lo único que ha cambiado respecto a lecturas anteriores de cualquiera de las novelas de Agatha Christie, incluso en segundas y terceras lecturas, es que esta vez no he sabido quién era el asesino. No digo hasta el final por que si algo me caracterizaba como lector de Agatha Christie era que siempre acertaba en señalar al asesino o asesina por el simple hecho de señalar a cada uno de los personajes que iban apareciendo en la novela. Lo peor de todo es que dicha acusación siempre estaba llena de argumentos sólidos que la hacían irrebatible hasta que entraba en escena otro personaje. Vamos, que siempre caía en la trampa de la escritora y me dejaba seducir y claro, si has señalado a todos los personajes como culpables, salvo a los investigadores, a la fuerza has tenido que acertar en un momento con el nombre del asesino u asesina.
Y en esta ocasión no he tenido ese problema, he seguido la lectura con fluidez, me ha seducido la intriga, incluso he llegado a imaginarme escenarios y personajes y no he podido dejar la lectura hasta que el detective no ha descubierto el rostro del asesino múltiple.
Hannah ha sabido mantener el espíritu de Agatha Christie y de su personaje, Hércules Poirot, describiendo con todo lujo de detalles cada uno de los escenarios en que sucede la historia, logrando que el lector pueda imaginar cada uno de los rincones que refleja la novela y dibujando a la perfección a todos los personajes, invitando a que nuestra imaginación ponga su rostro en todo momento. Incluso ha sabido crear la atmósfera de los años veinte ingleses con una prosa engolada y ampulosa que antes que resultar cansina o recargada ayuda a crear el ambiente necesario en que transcurre la novela.
Una novela entretenida que logra que el lector se sienta en todo momento cercano a Poirot, que le perdone su extravagancia y particularidad rayana en la pedantería y que convierta a Catchpool en el mejor narrador posible, hasta tal punto que en más de una ocasión existirán tentaciones de hablar con él a espaldas del detective belga.

lunes, 29 de septiembre de 2014

TREBLINKA. Chil Rajchman



Cuando alguien pidió al escritor J.A. González Sainz una recomendación literaria, este expresó la necesidad de leer de vez en cuando algo sobre la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, para no perder nunca la perspectiva, y evitar que la comodidad y el paso del tiempo nos hiciese olvidar los terribles acontecimientos que sucedieron en Europa.  
Es curioso que cuando señalaba estas palabras no me había recuperado de los primeros ocho primeros capítulos de un libro espeluznante, duro de principio a fin, que me arrollado la noche anterior. Un libro  que había logrado despertar la mente y el corazón, dormidos ambos por tanta información que, en muchas ocasiones, lo único que consiguen es anestesiar y crear una coraza para que no nos afecten  imágenes, acontecimientos o noticias. 
No, Treblinka  de Chil Rajchman no es un libro bien escrito, incluso es más que probable que esté mal escrito (esta edición de Seix Barral es la traducción de Jorge Salvetti del yidish original) y que para muchos puristas sirva para desviar la atención de lo verdaderamente importante, las memorias de Chil Rajchman, uno de los pocos supervivientes del campo de concentración polaco.
Con poco más de ciento cincuenta páginas y dividido en 19 capítulos el autor logra trasladarnos al mismo infierno, a un lugar donde parecen difuminarse todas nuestras creencias, donde el tiempo parece detenerse para mostrar el horror que es capaz de crear el ser humano. Unas páginas que destilan pánico, que arañan nuestra conciencia para que sintamos el dolor, el sinsentido de una acciones inexplicables. Sin apenas pestañear pasaremos del asombro más absoluto al sobrecogimiento más espeluznante, notando como afloran a todo nuestro ser cientos de sentimientos que creíamos desparecidos.
El horror que describe Rajchman, con las primeras palabras que le vienen a la cabeza, los días, horas, minutos y segundos del campo de concentración, nos dejan sin respiración, sintiendo como las fosas nasales se despejan y las lágrimas tratan de aflorar de unos ojos atónitos ante lo que están descubriendo. Duele, la lectura de Treblinka duele, de tal manera que parecen producirse en nuestro interior punzadas que seguro nos van a dejar secuelas. Sin embargo no hay deseo de dejar el libro, sí de apartar, al menos brevemente, la mirada de sus páginas, de percatarnos de que nuestro mundo no tienen nada que ver con el que se relata, pero queremos seguir leyendo, atrapados por la muerte, el olor, los gritos de quienes descubren la realidad en que se encuentran sumidos.
No hay página de descanso, son tantas y tan grandes las atrocidades que narra el protagonista que uno tiene que hacer un verdadero esfuerzo para evitar que el velo de la ficción empañe la lectura primero, y que el odio hacia los opresores, los guardianes y vigilantes  nos atrape después.
Rajchman nos muestra, con todo detalle posible, la muerte y el exterminio a que fue sometido el pueblo judío, pero también otros aspectos a los que la historia apenas ha dedicado espacio, la perdida de identidad, de personalidad, el intento de borrar el alma y la memoria de un pueblo. Pero va más allá y nos muestra la codicia, la economía sumergida que quedaba oculta tras los atroces acontecimientos.
La naturalidad de la narración, el realismo de unas imágenes tan impactantes se complementan con un epílogo de Vasili Grossman que aunque pueda caer en la exageración por su importante compromiso con la Revolución Soviética, no deja de tener el valor de autentificar las palabras de Rajchman y mostrar la realidad que encontraron las tropas soviéticas al tomar el campo de Treblinka.
Un libro imprescindible e irrepetible que no dejará a nadie indiferente y que arrastrará a otras lecturas dormidas en estanterías cercanas y que algunos supervivientes nos han legado como memoria de aquellos que sucumbieron ante el odio y la sinrazón humana.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

REGRESO A HAIKUS DE JALÓN. Antonio de Benito



Que mejor manera que explicar el último poemario de Antonio de Benito que hacerlo con mis palabras del prólogo

"Han pasado diez años y Antonio de Benito regresa, si alguna vez se ha ido, al Jalón de su infancia, a ese recuerdo a caballo entre Castilla y Aragón. Diez años de amplia trayectoria en lo que si algo ha dejado claro es su implicación con la literatura, con las letras impresas capaces de transmitir las sensaciones, los recuerdos, las motivaciones que componen su propio juego de creación.
Aunque quizá lo que más habría que señalar, o incluso destacar, es que ese recorrido vital de estos últimos diez años no se ha llevado a cabo en solitario, no tanto por los múltiples personajes que en el aparecen, sino por los lectores que ha ido cazando al vuelo en la mayor parte de los géneros literarios, desde la narrativa infantil hasta el relato, pasando por la novela y, como no, por la poesía.
Presuponer que el camino andado ha sido en vano es no conocer al poeta, no prestar atención al giro producido en sus versos, a la perseverancia en la búsqueda de aquel lenguaje que identifica la memoria propia y de sus antepasado. Y es que Antonio vuelve, repito, si alguna vez se fue, para cerrar aquellos espacios apenas señalados, aquellos caminos de los que no se veía más que la primera curva. Y lo hace con ese estilo propio, personal, sin mayor presunción que lo que supone en estos tiempos editar un libro, máxime si este trata de reunir un universo versificado que mas que cerrar heridas, que parece que es la prescripción facultativa de quienes buscan recuperar la salud con las letras, lo que hace es destapar ese tarro en el que afloran nombres, lugares, ambientes y sensaciones.
Claro que Antonio a madurado, como no va a ser así si a lo largo de esta década no ha parado ni un instante de crear, de construir universos abiertos a todo aquel que quiera acceder a sus libros, cuando a cada giro que el tiempo produce llegaba el poeta, escritor, cuentista (en el mejor sentido de la palabra y que y¡tanto, tanto me recuerda al añorado Avelino Hernández) con un par de obras bajo el brazo. Cuando cada palabra, cada frase parecía escogida con más tino que la anterior, cuando no se conformaba con crear una historia, sino que se preocupaba de dotarla de una belleza y, lo que es más importante, de un sentido universal que hacía entrecortar el propio ritmo de la lectura.
Vuelve al Jalón, a Arcos, al tren, al valle, al fútbol, a los amigos,  y a todo aquello que asomaba en unos "Haikus de Jalón" que Silvano Andrés de la Morena señalaba como "sinceridad poética al plano de lo moral". Antonio de Benito escoge cualquier detalle, cualquier recuerdo, para acercarnos a los espacios recorridos y nunca abandonados, al ronroneo eterno de las aguas del Jalón, al susurro de los pinos, al dolor del pueblo que se apaga, al silencio arrollador que envuelve todo. Pero va más allá, vuelve a refugiarse en el poema oriental, en el haiku japonés minimalista que con tan solo tres versos es capaz de iluminar la estancia más oscura; de pasar, diez, cien y mil años; de estacionar el paso del tiempo; de correr, parar y ensoñar en un mismo poema; de rebuscar en la historia, en el recuerdo para recuperar olores, colores y pensamientos; de lograr que el propio lector recorra los caminos escondidos de su propia memoria y vague sin prisa por sus propios espacios y recuerdos.

Antonio de Benito vuelve a regalarnos un poemario vivo, que no quema en las manos, sino que calienta el alma a medida que los propios versos van arropando a lector con unas palabras precisas y acertadas que invitan, una vez acabada su última página, a retomar el inicio para ser saboreadas de nuevo.”

lunes, 22 de septiembre de 2014

LEGADO EN LOS HUESOS. Dolores Redondo



No sé explicar muy bien porqué, pero aunque la lectura de El guardián invisible me resultó atractiva y envolvente, me dejó un poso de melancolía y un malestar difícil de explicar, como si un frío extraño se hubiese apoderado de mi.
Al menos esos sentimientos afloraron en el momento en que apareció la segunda parte de la trilogía de Batzán. Había algo inexplicable que casi de inmediato me hizo rechazar su lectura y dejar que la primera de las entregas se quedase sin continuación. Pero ahí estaba, siempre presente esa atracción que lograba que en más de una ocasión sujetase el libro a punto de comenzar la lectura.
Hasta tal punto que una de esas veces penetré en ella hasta que lograron despertarse todos los fantasmas que quedaron dormidos en el primer "capítulo". Poco más de sesenta páginas en una hora y lugar intempestivo consiguieron que la inquietud volviese a aparecer y ya tuviese la seguridad de que más pronto o más tarde iba a seguir la pista de la inspectora Amaia Salazar. No fue hasta bien entrado el verano, y las temperaturas consecuentes con la estación, cuando retomé la lectura ya consciente de que no había marcha atrás.
La historia envolvente, los escenarios y personajes conocidos, se adueñan de todo, hasta tal punto que es fácil centrarse en sus páginas por encima de todo, buscando cualquier momento, cualquier instante, por mínimo que fuera, para seguir leyendo. Atrapado y conteniendo la respiración en cada párrafo la mente vaga por el Valle de Baztán, por las calle de Pamplona y Getxo a la vez que hay que reprimir el impulso de gritar para que la protagonista desista en sus acciones, como queriendo advertirle del peligro que ella misma presentía. El mismo miedo que sufre Amaia se escapa de las páginas del libro para atrapar al lector, para que este sienta por momentos como se deja llevar por una especie de locura que se respira en todo momento.
Dolores Redondo no se conforma con crear un ambiente, con situar unos personajes al borde del colapso, sino que logra que el lector ponga todos sus sentidos en alerta y se sienta preso de la atmósfera agobiante que despide todo el libro. Así que hay momentos en que tendrá la tentación de abandonar la lectura, de dejar de sufrir con la protagonista, de apartarse de la sensación de inseguridad ante todo lo que perece nos supera.
Legado en huesos se agranda a medida que la lectura avanza, engrandeciendo también El guardián invisible que se hace presente sobre todo cuando esta segunda entrega traspasa la mitad de sus páginas. Sí, resulta inquietante, tanto los acontecimientos como la mente de los personajes hacen que la historia tome giros inesperados, sorprendiendo en más de una ocasión y creando una sintonía entre el lector y la familia de la inspectora que casi hace obligado esperar la tercera parte, para la que, seguro no hay espera ni miedos a empezar la lectura.
Pero sin duda alguna el mayor éxito de Redondo es lograr que cada vez que se trate de explicar el libro, se produzca un silencio extraño, como si faltasen las palabras, como si fuese muy difícil de condesar las sensaciones que produce la lectura del libro. Sensaciones cambiantes que evolucionan desde el principio hasta el fin y que logran que el misterio y la magia telúrica que envuelve al valle sobrepasen a la propia trama de la historia.

domingo, 14 de septiembre de 2014

EL FOGONERO. Franz Kafka



Llevaba mucho tiempo sin leer a Kafka, salvo las múltiples citas usadas por escritores a modo de introducción, así que la llegada hace unos meses de la nueva edición de Nórdica hizo que de inmediato la separase para recuperar la prosa del autor checo. Sin embargo nuevos libros fueron tapando las poco más de 80 páginas del relato y quedó relegado para una noche de tormentoso insomnio.
Y como si de un ejercicio de relajación se tratara, desde la primera página, ha logrado aislarme completamente de todo. Ya no siento el calor sofocante, las idas y venidas del trabajo incompleto, los ruidos estridentes del verano. Todo se permuta por el ambiente creado por Kafka, llego a sentir la sensación salada del mar, a escuchar los sonidos metálicos del barco que ha llevado a Karl Robmann de Europa a América. Con ligeras pinceladas el autor logra que forme parte del escenario en que transitan los personajes, consiguiendo incluso que tome partido, que me alinee junto al protagonista para defender la injusticia cometida contra el fogonero que da título al libro.
Y es que ya desde el principio descubro todas esos aspectos que caracterizan a Franz Kafka: la búsqueda de la identidad, el irremediable e irredente destino, la crítica ante las injusticias propias de la autoridad, la fuerza de la opresión y esa continua sensación de estar viviendo dentro de un sueño. Incluso el sentimiento de ser un juguete en manos del destino se hace patente desde el momento que Robmann toma partido y decide defender ante el capitán del barco a ese hombre maltratado que encarna el fogonero.
No voy a negar que durante la lectura se cernía sobre mi la sombra de una lectura reconocible, como si fuese una historia ya conocida (descubro después que este relato formaba parte de la novela inacabada de Kafka y que luego se publicó como El desaparecido, aunque nosotros la conocemos como América, de la que conforma su primer capítulo), como si nada nuevo me pudiese ofrecer. Pero también es cierto que el ambiente opresivo, onírico, que logra crear el autor va más allá de la memoria y me sepulta bajo las atentas y distraídas miradas de los personajes que tratan de juzgar la situación. Unos y otros me obligan a tomar partido sí, pero me hacen dudar de mis convicciones ¿y si el fogonero no tuviera razón? ¿y si su superior no comete injusticia alguna y simplemente cumple con su deber ante quien no lo hace?.
Serán esas dudas las que autentifiquen el relato, las que lograrán dotarlo de una fuerza que parece escaparse del propio libro, las que den voz incluso a aquellos que no abren la boca y simplemente cruzan una mirada con el narrador. Será la Voz de Robmann, sus dudas, sus inquietudes, las que nos atenacen y nos alerten, sin que ello nos incomode un ápice para seguir leyendo, al contrario, será la lectura la que nos permita ampliar el escenario, como si un zoom imaginario nos permitiese ver toda la escena desde la distancia, observando los rostros, los gestos de todos aquellos que intervienen en ella.
Para colmo las ilustraciones de Max pondrán cara a cada uno de los personajes, recreando los escenarios en que se mueven, logrando suavizar con sus trazos el ambiente tenso y cerrado, permitiendo que nos centremos en los diálogos, en los silencios y las miradas. 

jueves, 28 de agosto de 2014

LOS CUERPOS EXTRAÑOS. Lorenzo Silva



Son varios los meses que tengo junto a mí, casi sin tocar, Siete ciudades en África: historia del Marruecos español, como esperando el momento oportuno para penetrar en ese mundo del Magreb que compartimos Lorenzo Silva y yo, aunque en se refugie en el norte y yo lo haga en las arenas interminables del sur. Es como me costase acceder a esa parte del Marruecos que aún desconozco, como si me diese miedo aventurarme en un espacio poblado de recuerdos de abuelos y bisabuelos.
Pero claro, al buscar unos días el sol y el calor de las playas de Agadir (en un verano castellano en el que ambos han estado ausentes), no puedo evitar meter en la maleta la última novela del escritor madrileño, la última entrega de mis guardias civiles favoritos Bevilacqua y Chamorro.
Hay autores, y sus personajes, de los que no te puedes desprender, por mucho que escuches, leas o imagines un contenido de distinta calidad, sabes que no tardando vas a buscar en sus páginas las vivencias, aventuras, de quienes forman parte de tu propia memoria, como si los personajes ficticios se hubiesen hecho realidad hace tiempo. Tenía presente varias voces que señalaban que Los cuerpos extraños no era la mejor novela de la serie, que no estaba a la altura de las anteriores.
No voy a pararme a pensar, por que tampoco me importa, cuáles son los títulos por los que me decantaría, pero tengo que afirmar que este último título está a la altura de los mejores, que logra mantener, y en más de un caso superar, la atención en todo momento, que consigue que dibujemos en nuestra mente cada uno de los espacios en los que se mueven los protagonistas.
Serán estos, el brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro, quienes nos lleven en volandas por sus propias indagaciones, que nos hagan partícipes de cada uno de sus movimientos y sus actos. Hasta tal punto que llega un momento en el que parecemos uno más del grupo y estamos esperando recibir las órdenes oportunas para entrar en acción.
No hay que olvidar la importancia que tienen los actores secundarios de la novela, en especial los guardias civiles Arnau y Salgado, ya que no solo nos permiten tener visiones diferentes de la historia, sino que cada vez más van aportando su sello personal.
Pero si algo destaca en las novelas de Lorenzo Silva, en especial las que pertenecen a esta serie, son los diálogos. El autor domina como nadie los enfrentamientos verbales, haciendo importante hasta la conversación más intrascendente, lo que conlleva una lectura ágil, divertida e imaginativa. Juegos de palabras, dobles sentido e ironía, se suceden con tal velocidad que el lector pasa de la diversión al asombro como lo hace de línea, invitando, en más de una ocasión, a frenar la lectura para deleitarse con las expresiones de los rostros de aquellos que van apareciendo.
Es cierto que la actualidad de los temas que envuelven las tramas de la serie son ya suficientemente atractivos, pero el instinto del brigada y la precisión de Chamorro hacen que las novelas sean algo más que relatarnos unos acontecimientos. Silva no se conforma, como por desgracia cada vez está más de moda, con jugar con la similitud de escenarios y personajes (lo cual no implica que no los busquemos), con dedicar buena parte del espacio narrativo a poner al lector en antecedentes basados en la realidad, sino que nos muestra un caso más al que tienen que enfrentarse los miembros de la Guardia Civil.
Una novela que seduce, como lo hacen los protagonistas, que atrapa, que logra ir más allá de lo narrado, que consigue implicarnos y para la que no necesitamos descanso alguno. Estamos ante esa lectura entretenida que nos hace sonreír, aislarnos de nuestro entorno y disfrutar de  cada una de sus páginas, mirando de vez en cuando hacia los lados esperando encontrar a cualquiera de los personajes que aparecen en ella.
Aunque quizá la mejor manera de definir Los cuerpos extraños es señalando que Lorenzo Silva vuelve a ser Lorenzo Silva, y que Bevilacqua y Chamorro siguen siendo los mismos.

lunes, 4 de agosto de 2014

MUERTE ENTRE LÍNEAS. Donna Leon



Con Donna Leon, o mejor dicho con Guido Brunetti, siento tal complicidad que no necesito empezar a leer para meterme en la historia. El hecho simple y sencillo de coger uno de sus libros me pone en situación y cientos de imágenes empiezan a agolparse en mi mente como si hubiese cerrado su anterior historia hace unos breves segundos. Creo que menos La palabra se hizo carne, que me dejó cierto regusto amargo, todas sus novelas en las que el comisario veneciano es el protagonista me han hecho pasar unos ratos estupendos. No digo inolvidables por que suena muy pedante, pero es cierto que sus idas y venidas, sus compañeros de trabajo, su familia, tienen un hueco importante en mi memoria de lector y cada vez que aparece un nuevo libro lo dejo aparcado para el siguiente momento especial, sí, casi recuerdo dónde he leído cada una de las aventuras de Brunetti, incluso (esto no sé si es correcto decirlo, al menos políticamente correcto) quienes recibieron como regalo cada uno de sus libros.
Y es que con Donna Leon, y Brunetti, casi sé que tengo asegurado un entretenimiento, un disfrute de la historia y los acontecimientos que se van sucediendo. Incluso en más de una ocasión el juego gastronómico que atesoran buena parte de sus páginas ha hecho mella en mí segregando más jugos gástricos de los que en ese momento eran asimilables. Hasta tal punto que no han sido una ni dos las veces que me he visto obligado a dejar de leer para buscar una alimento que saciase los sonidos estridentes de mi estómago. Por si fuera poco, cada uno de los personajes que transitan por los libros de Brunetti, perdón, de Donna Leon, se hacen entrañables u odiosos, de tal manera que sus rostros se dibujan en más de una ocasión como si su imagen hubiese sido algo más que una mera descripción.
Además, en esta ocasión el comisario debe enfrentarse al robo de un buen número de joyas literarias, de libros antiguos que han sido robados en una biblioteca privada. Las buenas dotes del protagonista, la inteligencia que despiden cada uno de sus movimientos y ese mundo tan personal y carismático al que nos invita a entrar logra que desde las primeras páginas nos veamos incrustados en la propia historia. Sí, es cierto que esto suele suceder con la frecuencia que acudamos a escritores de cierto peso, pero es que Donna Leon logra que caminemos junto a Brunetti, que comamos en su mesa, que nos estrujemos el cerebro para mantener una conversación con su mujer y estar a su altura, que nos contengamos a la hora de estar frente a sus superiores.
Una historia que se va creando a medida que el protagonista nos va abriendo las puertas que el mismo cruza, que se va desenredando a cada página que pasa. Sin dejar, eso sí, de mostrarnos la realidad de una ciudad como Venecia y de un país como Italia. Hasta tal punto que la autora no duda en ningún momento en señalar los defectos de la administración y de los propios ciudadanos, haciendo que la novela cuente con el valor añadido de su actualidad.
Un libro perfecto para disfrutar de una lectura cómoda y agradable en cualquier momento y lugar, con una prosa ágil y directa, precisa, que no duda en llevarnos por distintos vericuetos si con eso vamos a ser capaces de entender mejor las distintas situaciones que se le van presentando al comisario Brunetti.

miércoles, 16 de julio de 2014

GIORGIO FALETTI



El sábado pasado me despertaba con esa noticia que nunca quieres que se produzca, el fallecimiento de alguien a quien sientes cercano a pesar de las muchas distancias que te separan. Es cierto que desconocía casi todo sobre él, ni siquiera conocía que era presa de una larga enfermedad, pero sus libros habían logrado que lo sintiese como algo más que un escritor encerrado en su mundo creador.
Cómico, cantante, actor, pintor, compositor, guionista y escritor. Un conjunto de profesiones que permitían que aflorase un talento descomunal que asumía todo tipo de riesgos para llevar a cabo todo su potencial creativo. La música y la televisión lo encumbraron en Italia, su país, llegando a convertirse en uno de esos personajes tan queridos que parecían ser miembros de la familia.
Está claro que todo su baremo intelectual queda patente en su forma de narrar, de lograr que el lector se embriague del universo creado por Faletti en cada una de sus novelas.
Descubrirlo a principios de siglo con una novela de intriga, de esas que atrapan desde el principio, que pasan de mano en mano hasta que las hojas pierden cualquier atisbo de su color original, de esas que logran que no solo se pierda la noción del tiempo, sino que pospones todo lo que no sea imprescindible para seguir leyendo. Yo mato logró encumbrar al escritor en nuestro país sin estridencia,  a pesar que las cifras de sus ventas en Italia lo convirtieron de inmediato en todo un fenómeno literario.
Tras El tercer lado de los ojos, Fuera de un evidente destino y Yo soy Dios, llegó hace apenas dos años la soberbia novela Apuntes de un vendedor de mujeres, un regalo para los lectores que lograba nos transportáramos con enorme facilidad al Milán de los años 80. Una novela multigénero que nos presentaba a uno de esos personajes, Bravo, que difícilmente se olvidan y se suma de inmediato a la memoria colectiva. Con una prosa directa y exquisita que consigue que en la misma página pasemos de lo más sordido a la ternura más emocionante.
Por si fuera poco no hace mucho apareció en nuestro país Tres actos y dos partes, una novela breve acerca del mundo del fútbol y esas segundas oportunidades que todos tenemos en la vida 


domingo, 29 de junio de 2014

UN HOMBRE LLAMADO OVE. Fredrick Backman



Las novelas de humor son, junto con las policíacas, las que más satisfacciones me suelen producir. No quiere decir esto que me valga cualquier cosa, que me conforme con una novela en la que unos cuantos "gags" me atrapen y logren que la catologe positivamente. Al contrario, suelo exigir que me entretengan de principio a fin, que logren sacarme la sonrisa a medida que avance la lectura, que identifique las situaciones y, por encima de todo, a los personajes, que deben resultarme sobre todo creíbles.
A pesar de lo mucho que se ha hablado de la novela policíaca escandinava, quizá los nombres más conocidos sean los que menos me han gustado, pero empiezan a llegarnos -seguro que producto del éxito de estos- escritores de novelas de humor sobresalientes. Aunque Jonas Jonasson (El abuelo que saltó por la ventana y se largó) se ha convertido en los últimos años en todo un referente y cuya comparación está abriendo muchas puertas, debo confesar que es Arto Paasilinna el más grande exponente de ese humor del norte todavía por conocer en nuestro país. Delicioso suicidio en grupo, La dulce envenenadora y El mejor amigo del oso son ejemplos perfectos de novelas divertidas, ingeniosas e inteligentes capaces de romper fronteras y de llegar a todo tipo de lectores.
Fredrik Backman ha construido una novela redonda, llena de dosis de humor suficiente como para que la sonrisa, que no abandona el rostro a pesar de los momentos dramáticos que tan bien dibuja, de paso a la carcajada en más de una ocasión. Una novela y un personaje fácilmente identificables, es más que probable que todo lector, al menos así me ha ocurrido a mi, ponga rostro tanto al protagonista principal como a esos secundarios que engrandecen la novela a medida que sus apariciones cobran fuerza. Incluso los escenarios son reconocibles en todo momento aunque les demos un marco mucho más cercano y personal.
Ove es ese vecino cascarrabias que todos tenemos cerca, puntilloso y perenne, que aparece en las situaciones más comprometidas, para nosotros por supuesto, y que logra con enorme frecuencia sacarnos de nuestras casillas. Pero es también ese vecino dispuesto a ayudar, so sí, sin dejar en ningún momento de refunfuñar, de señalar con irritación todo aquello que no está bien.
Una novela de lectura ágil y ocurrente, en la que nada sucede por que sí, y en la que por medio de pequeños retazos vamos completando la biografía del personaje principal y de su esposa (poco importa que está no tenga más voz que la de su memoria). Una novela inteligente y que exige también un esfuerzo para evitar que los más pequeños matices pasen inadvertidos, esos matices que hacen que la novela crezca y sea algo más que un simple entretenimiento.
Sería injusto no mencionar la manera con que el autor logra adentrarnos en un mundo donde las emociones se solapan con frecuencia, donde los sentimientos consiguen que la risa de paso a toda una amalgama de emociones contrapuestas de difícil explicación. Ove se convertirá en un compañero irresistible, que es cierto logrará hacernos reír, pero a veces nos desesperará, para lograr emocionarnos y hacer que traguemos saliva para evitar que los ojos se humedezcan.

martes, 24 de junio de 2014

LA PASIÓN DE ENRIQUE LYNCH. NECROFUCKER. Richard Parra



Todavía me sigo preguntando qué es lo que me llamó la atención del libro para atreverme a leerlo. Puede que influyese más la sencillez de la portada, la total ausencia de señales que indicasen que podía encontrar en sus páginas. Ni siquiera los nombres que conforman los títulos y el autor, indicaban algo que me resultase atrayente. Salvo, claro está, el sello editorial de Demipage, creciendo la incógnita de comprobar el porqué de su elección.
Pero en el momento que comienzo a leer la primera página descubro que la historia me atrapa, queriendo saber más, conocer hasta donde son capaces de llegar sus protagonistas, cómo se van a enfrentar ante los vaivenes políticos, económicos y sociales del Perú del siglo XIX. 
Esta pequeña novela, La pasión de Enrique Lynch, crece en intensidad a medida que se suman los párrafos, esos pequeños capítulos que permiten dar voz a los diferentes personajes que se suman para dibujar, cada vez con mayor y mejor destreza, tanto las acciones como los escenarios que se van recorriendo. ¡Y qué voces las que se van sumando! ¡Qué aportación de un lenguaje al que somos demasiado ajenos los lectores peninsulares! ¡Cómo me suenan expresiones a las escuchadas de niño a los más ancianos!
La novela recupera los espacios y las formas de aquellas novelas de frontera que tanto caracterizaron a las novelas del oeste, cuesta desprenderse de esa aureola norteamericana a la que contribuye el protagonista que da título al texto, pero aún así el lenguaje, los escenarios y ciertos personajes nos asientan en ese Perú lleno de violencia y oportunidades.
Richard Parra construye con habilidad  una parte de la historia con pequeños retazos que se van cosiendo y entrelezando con una facilidad tan magistral que puede que oculte el trabajo del escritor, esas puntadas continuas que impiden que quede cabo suelto y la historia pueda escaparse o despistarse. Hasta tal punto que el lector tiene la necesidad, una vez acabado el relato, de continuar sabiendo qué sucede con ese país, con esa región de la que ha formado parte a través de 72 páginas.
Y es que son muchos los estados de ánimo que se suman a la vez que lo hacen las páginas, desde la indignación y el rechazo, hasta la admiración y el asombro, pasando por un baremo de tonalidades sorprendente dadas las pocas páginas en que se desarrolla la historia.
Pero de inmediato todo se rompe como por arte de magia. Irrumpe Necrofucker con una dureza tal que parece cortar la respiración, con unos giros belicosos, rápidos, como pinceladas que parecen ocultar las siluetas de sus protagonistas. Giros llenos de belleza que evolucionan a medida que se van produciendo, asimilando de inmediato las calles oscuras, violentas y descarnadas de los años ochenta del siglo pasado.
Y de repente te encuentras conversando con sus protagonistas, con esos personajes al filo de la navaja que hacen de su propia supervivencia un juego salvaje al que te involucras sin hacer preguntas.
Claro que hay momentos en que el lenguaje parece construir muros, frases enteras que hay que leer de nuevo para entender, o tratar de entender, su verdadero significado. Se produce un necesario aprendizaje de términos, expresiones y juegos verbales del que quedas prendido apenas han pasado cinco páginas, no se hace necesario acudir a diccionario alguno, serán los propios personajes quienes vayan aclarando las dudas, quienes te presenten sus mundo y su esperanza. 
De inmediato descubres que has dejado a un lado la primera historia, es como si se hubiese producido hace una eternidad, y te centras en los gestos, los rostros, los garitos y las calles por la que deambulan los jóvenes protagonistas. Y empiezas a atesorar su experiencia, ese crecimiento que se va produciendo entre la agonía y la violencia, entre la oscuridad y la sensación de querer gritar a través de sus gargantas.
Una novela resquebrajada desde el inicio, pero que se va reconstruyendo a través de una profundidad, de un juego, a veces demasiado violento, del que no puedes, ni quieres, escapar. Parra recoge de aquí y allá, sin dar demasiada importancia a nada, lo justo para que contestemos a las preguntas que se van produciendo en el presente, señalando el pasado y sin dejar de mirar al futuro.
Cierras el libro y quieres saber más de su autor, del que desconozco todo, rebuscar en su pasado literario para que nada se quede en el limbo de las letras.

miércoles, 18 de junio de 2014

SANSAMBA. Isabel Franc y Susanna Martín



Es posible que conocer la región de Casamance, de donde procede Baala, uno de nuestros protagonistas, haya influido en la forma de leer este cómic. Comprobar como es la realidad de una zona en la que el agua, la luz, las medicinas y la mayor parte de las necesidades básicas que a nosotros se nos antojan imprescindibles, no solo hace que te plantees tu propia forma de vida, sino que descubres el porqué de esa "huida" hacia Europa de muchos de sus africanos.
La experiencia de Alicia (Susana Martín) nos ofrece una historia necesaria para los tiempos que corren, para comprender la situación de aquellos que dejaron todo, pero todo de verdad, para aventurarse en un espacio totalmente desconocido y lograr así salir adelante y, a ser posible, ayudar a los que dejaron atrás, a sobrevivir. Una historia acertada en los diálogos, precisa en las descripciones y que gracias a la maestría de Isabel Franc vislumbramos como si estuviese sucediendo, como así es, delante de nuestras narices.
Por supuesto que estamos ante un libro que describe un problema social del que formamos parte, pero el reflejarlo por medio de esta novela gráfica consigue que nos sintamos protagonistas, que observemos el problema casi en primera persona aunque no sean nuestras carnes las que reciban los golpes.
Soy consciente de la dificultad que existe a la hora de comentar un cómic, una novela gráfica o un libro en el que la imagen, si no más, es igual de importante que el texto, un libro en el que dichas imágenes no son un mero acompañamiento a las palabras. Pero también que los trazos de Isabel, basta comprobar los gestos de Baala y Alicia en la portada, son tan elocuentes que logran transmitir el estado de ánimo del lector, de conseguir que pasemos de la tristeza a la euforia, y al contrario, en apenas un par de páginas.
Todo el libro es un regalo para el alma, pero hay escenas que quedan marcadas, no son duras ni dramáticas, al contrario, su sencillez, lo que se expresa más allá de las palabras, e incluso de las imágenes, te obligan a enmarcarlas y tenerlas colgadas en las paredes de tu mente para que en ningún momento se te olvide la situación que ha logrado generarlas.
Es posible que muchos ni siquiera presten a un libro de este tipo, pero está claro que quienes se sientan traídos por él van a encontrar muchas de las respuestas a sus preguntas, invitándoles a la reflexión y proporcionando un arma para enfrentarse a una de las peores lacras de  nuestra sociedad, la indiferencia a los que consideramos diferentes.
Los capítulos 6 y 7, esos "apuntes" tan magníficamente llevados al papel, no solo autentifican la historia que estamos leyendo y viviendo, sino que consiguen que abandonemos la ensoñación, si esta se ha producido en algún momento, para poner los pies en el suelo y descubrir ese otro mundo del que desconocemos casi todo.
Un soberbio trabajo que conjuga todos los valores de una novela gráfica, que hace que el lector se incapaz de abandonarla hasta ver cómo suceden los acontecimientos. Atrapa y obliga a contener la respiración sin estridencia, señalando paso a paso los caminos de una epopeya personal que, por desgracia, es demasiado frecuente en nuestro entorno.
¡Enhorabuena a la autoras por compartir una experiencia dotándola de una ternura y una emoción que impregna al lector de principio a fin!

miércoles, 11 de junio de 2014

ANIQUILACIÓN. Jeff VanderMeer



Hay libros que te dejan una sensación tan extraña que necesitas espaciar el tiempo para intentar asimilar lo que ha supuesto su lectura. Libros que te atrapan de tal manera que resulta inexplicable incluso tratar de explicar lo que te pasa por la cabeza una vez cerrados.
No hay duda que Aniquilación es una de esas lecturas, ya que crea en ti el suficiente desasosiego, incluso vacío, que parece trasladarte al espacio físico y mental en el que se mueven sus protagonistas.
Quizá lo más curioso de todo es la manera que tiene Jeff VanderMeer de introducirte en la novela. No necesita grandes descripciones, ni de los escenarios ni de los personajes, ni siquiera amplios párrafos para que te veas envuelto en la atmósfera que respira el libro. Incluso las protagonistas resultan tan anónimas como el desconocimiento de sus nombres, serán sus profesiones las que traten de ponernos en situación para que seamos nosotros mismos los que evaluemos tanto su físico como su estado mental. Por no existir, salvo leves pinceladas, no existe siquiera una descripción pormenorizada del Área X en la que se mueven las protagonistas, de hecho será muy avanzada la novela (la primera parte de la Trilogía Southern Reach) cuando recibamos información sobre el escenario natural en que se mueve una de las mujeres que protagonizan la novela.
Pero de inmediato, desde la primera página, en nuestra mente, en nuestra imaginación, empiezan a bullir imágenes, a dibujarse los escenarios, los rostros, las armas, los espacios a los que parece no prestarles la mínima atención el escritor. Pero están ahí, y somos los lectores los que vamos señalando, a medida que avanzamos en la lectura, que movimientos, que escenas se van superponiendo.
En poco más de doscientas páginas Jeff VanderMeer logra ponernos nerviosos, al límite de nuestras fuerzas mentales, como si fuésemos miembros de la expedición que trata de sonsacarle el misterio al Área X. De inmediato nos sumimos en la confusión, en esa atmósfera agobiante que se va generando alrededor de las cuatro protagonistas y que hace que la confusión se adueñe de ellas. Y claro, de nosotros, que sentimos como nuestra respiración se agita, de que estamos a punto de gritar para pedir ese tiempo muerto que nos tranquilice.
y sin embargo somos incapaces de parar, de dejar el libro de lado y descansar, queremos seguir leyendo, comprobar hasta dónde somos capaces de llegar para descubrir ese misterio que envuelve el pasado y el presente del Área X.
Una novela que consigue, como muy pocas lo hacen, que formemos parte de una atmósfera opresiva, que dejemos a un lado lo que sucede en las mentes de las protagonistas, para observar que es lo que nos está pasando a nosotros. Y, por encima de todo, vuelve a dar una valor impagable a nuestra imaginación, a descubrir que somos nosotros los que vamos formalizando el espacio físico en el que se mueven las anónimas mujeres que tratan de buscar explicaciones dónde todo son incógnitas. 

viernes, 30 de mayo de 2014

UN VIAJE A LA INDIA. Gonçalo M. Tavares



Llevo años posponiendo un viaje a la India, así que no se me ocurría mejor manera de hacerlo que a través de un libro. Y cuál es mi sorpresa cuando descubro que el osado escritor, un portugués del que desconocía casi todo, había hecho el "viaje" en verso de Lisboa a la India. Tardé unos segundos en volver a la realidad (tuve que asegurarme, hojeando al azar varias de sus páginas, que no era una especie de introducción lo que estaba versificado), alguien se arriesgaba, en pleno siglo XXI a narrar una epopeya de esta manera tan peculiar y, lo que era más impactante, lo hacía en una editorial como Seix Barral.
No pude evitar buscar en la solapa quién era el autor del libro y tras descubrir en la contraportada lo que de él dijo José Saramago: "Ganará en Premio Nobel en menos de treinta años. Estoy convencido. No tiene derecho a escribir tan bien con sólo treinta y cinco años. Dan ganas de pegarle.", me lancé a la que esperaba iba a ser una nueva aventura literaria.
Y debo reconocer que fue mucho más que eso, pues desde los primeros versos me vi invitado a un juego literario del que aún hoy soy incapaz de apearme. No solo hay una relectura de la tradición con Os Lusíadas de Luís Vaz de Camoes, sino que el espíritu del escritor renacentista está presente en cada una de las páginas. Hay mucho de literatura, de Joyce, de Proust, de Goethe, de tradición y fábula clásica, pero todo con un aire actual que lo hace diferente, que logra que la epopeya tenga una paleta de color más cercana que la hace creíble y permite que el disfrute vaya agrandándose a medida que pasan las páginas.
Tavares maneja con soltura la ironía, dando a la palabra todo su valor, dotando al lenguaje todo su carácter evocador, señalando en cada ocasión qué verso, o versos, es el que el lector debería resaltar. No siente la necesidad de dar rodeos, su verso se ajusta a lo esencial, a mostrar a Bloom (que mejor Ulises), sus miedos y ansias de buscar la sabiduría, de dejar tras de sí la huella del pasado.
El autor portugués nos regala una novela en  verso que logra aunar lo clásico con lo moderno, lo oriental con lo occidental, lo espiritual con lo material. Y lo hace de tal manera que invita, o mejor dicho incita, a la reflexión, demostrando el humanista que lleva dentro y logrando que el lector se implique de una manera nada efectista, pero si comprometida con la propia literatura, con ese ritmo acompasado que es la poesía.
Un viaje distinto, que nos exige también poner los cinco sentidos para lograr que nade se nos escape, que merezca la pena el esfuerzo de prestar atención a cada canto, a cada verso, a cada palabra. 

martes, 27 de mayo de 2014

EL BILLETE DE UN MILLÓN DE LIBRAS. Mark Twain



Que Mark Twain es uno de los más importantes escritores norteamericanos es algo que nadie, en su sano juicio, puede poner en duda, incluso no dudaría un segundo en señalar su importancia a nivel mundial. Y es que la extensa narrativa no se ciñe únicamente a Las aventuras de Tom Sawyer  y Las aventuras de Huckleberry Finn (aunque ambos títulos merecen estar en los altares del Olimpo literario), sino que fueron muchos los textos salidos de su pluma. Por suerte en la actualidad, y en nuestro país, hay muchas editoriales que siguen apostando por textos, de todo tipo, del escritor norteamericano (de hecho al día siguiente de salir este título) al menos otro más buscó ubicación en las estanterías de las librerías españolas.
El billete de un millón de libras es un relato divertido, ingenioso, en el que Twain despliega todo su hacer literario y en que logra del lector esa complicidad que consigue que te sientas partícipe del mismo. Sí, recorres junto a Henry Adams los rincones más variopintos de Londres, te cruzas con los mismos personajes que él, e incluso llegarás a tener la tentación de orientar sus pasos hacia lugares que en ningún momento se mencionan en la novela.
Y es que Mark Twain tiene la extraña capacidad de imbuir al lector de la misma aventura que el protagonista, con la ventaja de no padecer en ningún momento de las penalidades de este, de llevarle de la mano por todos los locales y tugurios por los que camina el propio Henry. 
Además no somos ajenos a la faceta irónica del escritor, a ese especie de estudio de la capacidad del hombre por atacar la adversidad, por enfrentarse a esos momentos en los que todo parece derrumbarse. Para ello Twain no duda ni un instante de buscar el tono más caústico, donde la ironía no solo se encuentra en las descripciones, sino que será la fuerza fundamental de los diálogos.
Estamos ante una novela de lectura ágil, entretenida, que consigue que el rostro se vaya contagiando del estado de gracia del protagonista, hasta tal punto que se hará muy difícil esconder la sonrisa que parece se apoderará de nuestro rostro a medida que avance la lectura del libro.
Destacable es también la edición de Gadir, en especial de las ilustraciones de Marcos Morán, que consiguen que seamos conscientes de inmediato de los guiños que hace respecto al  cine y al propio autor de la obra. 
Un libro para saborear la literatura, el justo uso de las palabras para adecuar la  narración a lo que verdaderamente está sucediendo en la historia. Ni sobra ni falta nada, Twain logra, otra vez, un relato ajustado en su forma y en su fondo, consiguiendo que el lector se sienta invitado a compartir con el protagonista sus vivencias, narradas en primera persona, sus penalidades en una ciudad y una país que no es el suyo y como la fortuna puso en sus manos el medio para sortearlas.

viernes, 23 de mayo de 2014

UN MILLÓN DE GOTAS. Víctor del Árbol



Un millón de gotas es uno de esos libros sobre los que cuesta escribir, no por no saber expresar lo que ha significado su lectura, sino por el miedo a contar demasiadas cosas, por descubrir los secretos que atesoran sus páginas.
Debo reconocer que no había leído nada del autor barcelonés, pero la lectura de las primeras doscientas páginas (sin apartar en ningún momento la mirada del libro), hizo que buscase con verdadera avidez noticias de sus anteriores obras (curiosamente justo unos días antes de aparecer este libro se reeditaron La tristeza del samurái y Respirar por la herida). Era como si necesitase saber más cosas, literariamente hablando, de un narrador poco común que me estaba incitando a rebuscar entre las líneas de la novela algo más que lo que las propias palabras me señalaban.
Con una prosa certera y una trama envolvente, Víctor del Árbol no solo me ha robado horas de sueño, sino que me ha conseguido que sus personajes, precisos y fascinantes, me hiciesen partícipe de su historia durante y después de la lectura. Acompañar a Gonzalo y rebuscar en el pasado se convierte en una experiencia inimaginable. Una narración inteligente y una destreza narrativa  sobresaliente que logra que el lector tenga todos sus sentidos alerta durante la lectura.
Son sus personajes, la fuerza que atesoran, los silencios que son capaces de dibujar y el poder para que las imágenes aparezcan en la mente del lector con total nitidez, lo que dota a la novela de un carácter notable, ya que confiere a la propia trama un atractivo que parece escaparse, por momentos, por mil caminos  y obligan a serenar la lectura para evitar dejar esos cabos sueltos que luego entorpezcan el desenlace de la historia.
A través de la narración en dos tiempos, finales de los años 30 del siglo pasado y la actualidad, Víctor del Árbol nos hace penetrar en una historia en la que, a fuerza de giros, dudamos de la  realidad de lo que estamos leyendo, nos entran dudas sobre si lo que vivimos, siempre dentro de la novela, es cierto o luego solo va a ser parte de una ensoñación. 
Con una agilidad embaucadora y un ritmo narrativo creciente es normal que nos sintamos atraídos por la novela, que nos cueste un mundo dejarla y que busquemos cualquier instante, por pequeño que sea, para seguir viviendo dentro de ella.
No solo estamos ante una novela de intriga, sino que su lectura nos hace plantear dudas sobre todas aquellas verdades a las que estamos unidos.

lunes, 19 de mayo de 2014

LA LLAVE. Junichiro Tanizaki



No recuerdo bien cuántas han sido las veces que me había propuesto leer a Junichiro Tanizaki. Incluso obras como El elogio de la sombra y  La madre del capitán Shigemoto, siguen en mi biblioteca personal tan intactas como el primer día.
La aparición de esta nueva edición a cargo de la Editorial Siruela era, sin duda alguna, la mejor excusa para acercarme a uno de los escritores japoneses más representativos del siglo XX, a la altura de Mishima, Kawabata y Kobo Abe (este último también lo tengo, inexplicablemente, aparcado). Así que casi sin darme cuenta tenía en mi mano el libro con el que pretendía acercar a Tanizaki, esperando que, al menos, los otros dos le sigan sin tardar demasiado.
Lo más sorprendente es que según comienzo la lectura descubro símbolos que parecen estar aparcados en mi mente, como si la historia que estoy leyendo la conociese de alguna manera. Y claro, como la memoria, aunque selectiva, siempre deja espacio para que se recuperen escenas del pasado, me veo viendo la misma historia en una sala de cine.
Por supuesto que hay variables significativas, en primer lugar estaba en el sitio que no debía, aún no tenía la edad para ver ese tipo de películas, en segundo no sabía lo que iba a ver, pero el nombre de Stefania Sandrelli, la actriz que protagonizaba la película, corría entre las mentes de los de mi generación con una velocidad vertiginosa.
Fue, como no podía ser de otra manera, Tinto Brass quien se hizo cargo de la dirección de la película, corrían los años 83 o 84 del siglo pasado y poco más que el cuerpo de la actriz italiana y el título se me quedaron grabados: "La llave secreta" trataba de dotar de un misterio que no recuerdo si tenía la propia película, no cuesta nada imaginar que la trama era lo que menos nos importaba.
El caso es que según  comienzo a leer, y después de esas dudas (razonables) de lo que había visto en mi adolescencia, me dejo embriagar por la prosa elegante y distinguida de Tanizaki, el gusto oriental para narrar con una increíble dulzura sin importar el tema que se trate. La estética japonesa lo inunda todo, ni siquiera las referencias a Occidente que se van sucediendo consiguen sustraerme del entorno que el autor ha logrado crear, de esa presentación llena de incógnitas, incluso de ironía, dejando que sea el propio lector el que quiera participar del juego de los protagonistas.
Sí, claro que el erotismo lo inunda todo, pero sin dejar de ser un juego. Un juego por el que transitan los celos, la pasión, el voyeurismo, la sensualidad y un exhibicionismo que parece querer abarcar todo. Eso sí, escrito con un tacto, con una delicadeza que hasta cuando las imágenes tratan de ser duras, hay algo que las atenúa.
Tanizaki demuestra en la novela la destreza para acercarnos a su visión permanente en la que se enfrentan tradición y modernidad, sensualidad y elegancia, Oriente y Occidente. Nos hace tomar partido, enseñarnos con las palabras justas la fragilidad del cuerpo que, como el suyo, va acercándose con velocidad al ocaso. Y siempre logrando que la elegancia japonesa impregne cada una de las páginas.
Utilizando el diario personal como recurso (en este caso son dos los del protagonista y marido anónimo y su esposa Ikuko) crea un juego sensual en que cada cónyuge leerá las memorias del otro para revivir sus experiencias. Incluso podríamos hablar de una novela epistolar, pues al fin y al cabo los diarios no se hacen en esta ocasión para ser guardados, sino para ser leídos por el otro.
Significativa será también la lectura del diario de Ikuko (no hay que olvidar que ambos diarios se van alternando a modo de capítulos breves)que nos va dando las pistas para entender el desenlace final, lo que nos acercaría más al género de la intriga, pero es, este también, uno de los recursos usados por el genial escritor para engancharnos de principio a fin.
Una estética oriental, en la que la narración se ajusta a lo esencial, no se trata de rellenar hojas describiendo todo, al contrario, se trata de economizar las palabras, de expresar en su justa medida los acontecimientos. Una novela adictiva, de lectura agradable y en la que todos los personajes se hacen imprescindibles, Toshiko (la hija del matrimonio) y Kimura (el ayudante del marido) serán piezas fundamentales para el desarrollo de la historia. 

lunes, 12 de mayo de 2014

ESTUDIO EN ESCARLATA. Arthur Conan Doyle



Desde hace varios meses sentía el deseo de volver a leer una de las novelas de Conan Doyle en las que el protagonista es Sherlock Holmes. Los relatos suelen acompañarme con relativa frecuencia, pero quería volver a saborear la contundencia de uno de sus textos largos. Encima de los muchos libros que hay sobre mi mesa esperando ser leídos aparecía con insistencia El sabueso de los Baskerville, pero sin ser capaz de explicar la razón no llegué a pasar de la primera página.
No eran las páginas ajadas y amarillentas del ejemplar que me acompaña desde que tengo uso de razón, ni la sensación de haberlo leído repetidamente, había una necesidad en recuperar, paso a paso los movimientos de uno de los personajes más carismáticos de la literatura universal . Así que decidí empezar a releer a Conan Doyle por el principio, por el primero de sus libros: Estudio en escarlata. Y qué mejor forma de hacerlo que en la nueva edición ilustrada, como ya hizo con el título anterior, de Nórdica Libros, una editorial que logra mimar los textos clásicos dotándolos de una vitalidad que nos obliga a depositar nuestros ojos primero y nuestras manos  y mente después, sintiendo una tracción que solo es entendible cuando amamos los libros en sí mismos, por lo que son, representan y significan.
Con las ilustraciones de Fernando Vicente -búsquenlo en "Babelia", merece la pena- y la traducción de Esther Tusquets -de quien es también alguna de sus aventuras en la Editorial Rquer- Nórdica ha creado un libro fantástico que hace todos los honores a uno de los grandes genios de la novela policíaca.
Quizá lo más significativo de Estudio en escarlata es que logra impregnarnos del lenguaje tan personal y los modos narrativos de John H. Watson, sí, el Doctor Watson, pues será él quien nos cuente las aventuras de Sherlock Holmes con todo lujo de detalles. Será él quien, a modo de confesión casi personal y en voz baja, nos muestre quién es y cómo actúa el detective del 221 B de Baker Street, un narrador de lujo, presente en todos los escenarios y situaciones que describe.
Aunque sin duda lo mejor de esta primera entrega de sus aventuras (algunos relatos ya habían sido publicados en la prensa) es la presentación que de Sherlock Holmes y él mismo hace el Dr. Watson:

"Medía más de seis pies ochenta y era tan extremadamente delgado que parecía todavía más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los intervalos de sopor a los que he aludido; y su fina nariz aguileña confería a todo su semplante un aire vivaz y decidido. También su barbilla, prominente y cuadrada, revelaba a un hombre resuelto. Aunque sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y cubiertas de marcas causadas por productos químicos, Holmes poseía una extraordinaria delicadeza de tacto, como tuve ocasión de observar con frecuenca al verle manipular sus frágiles instrumentos de trabajo"

Por no mencionar las pautas del trabajo de "deducción" que al detective le gusta usar para desentrañar el crimen extraño que se les presenta y los juegos dialécticos con que adorna muchas de las explicaciones del propio Holmes.
Las descripciones, tanto de lugares como de cada uno de los personajes que van apareciendo, así como los diálogos a que somete a sus dos protagonistas principales hace que la narrativa de Conan Doyle, Sir Arthur Conan Doyle, logre envolvernos desde el inicio, creando una atmósfera londinense de la que es difícil escapar ( salvo en esa segunda parte en la que se nos traslada a suelo americano). Hasta tal punto ralentizamos la lectura todo lo posible, saboreando cada página, cada apreciación, cada palabra usada por el narrador para dejar volar nuestra imaginación hacia escenarios  fácilmente dibujados.
No voy a negar que frente al atractivo descomunal, casi hasta la adicción, de la primera parte ("Reimpresión de las memorias de John H. Watson, doctor en medicina y ex médico del ejército") hay un instante, tan solo uno, en que parece zozobrar la novela al inicio de la segunda parte ("El país de los santos"). No porqué esta no esté tan bien escrita como la primera, sino porque parece romper la dinámica, los escenarios e incluso los propios personajes.
De repente, cuando parece que estamos ante el clímax de la historia, cuando los personajes principales se asoman en toda su grandeza y la trama parece llegada a su fin, Conan Doyle nos paraliza con un final de capítulo brusco. Creemos llegar al final y aún queda la mitad del libro. Para nuestra sorpresa no solo cambiamos de escenario, sino incluso de continente y protagonistas, hasta tal punto que no resulta extraño que dudemos de qué es lo que estamos leyendo. De hecho debo reconocer que mi memoria había sido incapaz de retener esta parte de la historia, quitando ese segundo capítulo casi en su totalidad, incluso es más que posible que me imaginase una historia que nada tiene que ver con la primera parte.
Pero no hay duda que una vez superada la sorpresa, puesto en situación, el lector vuelve a dejarse seducir por el ritmo creciente de la narración de Conan Doyle, de esa historia que, poco a poco, se va perfilando de nuevo hasta que entendemos el porqué de ambas partes.
Una lectura entretenida, activa, sorprendente y ocurrente, como todas en las que Sherlock Holmes y, como no, el Dr. Watson, son protagonistas, sin el menor desperdicio y en la que los lectores somos parte fundamental de la propia historia narrada. Atentos a cada pista, a cada insinuación y detalle para resolver junto a nuestros protagonistas el crimen en que se ven envueltos.

jueves, 8 de mayo de 2014

EL CANTO DEL CUCO. Abel Hernández



Quizá lo más llamativo que tienen los libros de Abel Hernández sobre las Tierras Altas de Soria es que despiertan una pasión diferente según quien sea el lector, cada uno se decanta por un título diferente. Historias de la Alcarama, El caballo de cartón (Premio de la Crítica de Castilla y León) y Leyendas de la Alcarama completan ese amplio mosaico en el que la prosa de Abel Hernández desentraña el pasado y el presente de un lugar real que gracias a su pluma dibuja tintes casi míticos.
Antes de nada señalar que El canto del cuco es una lectura atípica, máxime cuando se compara con sus anteriores trabajos, en la que la frescura oculta la precisión de un trabajo mejor estructurado.Ser fruto del blog que da título al libro y en el que Abel despliega con maestría su oficio de periodista, el formidable manejo del lenguaje y su memoria para trasladarnos de nuevo al Sarnago de su infancia, tiene sus ventajas e inconvenientes.
Pos supuesto que no presenta una historia continuada y que al formar parte de las aportaciones semanales del blog, donde no olvidemos existe ese espacio entre texto y texto, existen reiteraciones que se hacen más destacadas al leerlas todas juntas. Pero Abel Hernández mantiene esas imágenes que su memoria atesora, imágenes que nos trasladan de inmediato a un universo desparecido, a unos escenarios que nada tienen que ver con la actualidad. Además, es este cuarto título, encontramos con que el autor contrapone presente y pasado, idealizando la "patria" perdida y logrando hacerla universal. Logra mostrar el espacio local de Sarnago, de Tierras Altas, para universalizarlo y acercar a los lectores a un paisaje y sus habitantes de manera que todos lo sentamos como propio.
Abel Hernández aporta, además, un vocabulario propio del espacio en que transitan sus palabras, un vocabulario a punto de extinguirse ya que muchas de sus palabras han perdido vigencia y sentido en nuestro siglo XXI. Es de agradecer el Glosario que aparece al final del libro, espero que no le suceda como a mi que lo descubrí casi al finalizar la lectura y tras hacer uso del diccionario un buen número de veces.
La memoria de la infancia, la ensoñación de unas imágenes sumamente evocadoras quedan impresas en la mente del lector hasta ser capaz de describir, con palabras distintas a las usadas por Abel, las calles, las casas y muchos de sus habitantes.
Hay nostalgia y posicionamiento, es una lástima que en el libro no aparezcan muchos de los diálogos que provoca el blog, pero es de imaginar los pros y contras de quienes acuden a su cita semanal. Nosotros nos conformamos con volver a Sarnago de nuevo a este año de 56 "días" y dejarnos llevar por la prosa cercana, sencilla y transparente de Abel Hernández.

domingo, 4 de mayo de 2014

LOS DOMINGOS DE UN BURGUÉS EN PARÍS. Guy de Maupassant



Seducido por sus relatos hacía mucho que no había leído una novela de Guy de Maupassant -creo recordar que fue Bel Ami hace más de diez años-, así que en cuanto llegó a mis manos este título (es de señalar y agradecer a la Editorial Periférica la recuperación de muchos clásicos), del que desconocía absolutamente todo, no pude por menos que ponerme a devorarlo intentando disfrutar de la novela de uno de los autores más importantes del siglo XIX.
Tras leer los primeros capítulos tuve la sensación de que la novela en cuestión se asemejaba a un libro de relatos más que a una narración larga. Era como si cada uno de los diez en que estaba dividido el libro fuese una historia en si mismo, como si se pudiesen leer por separado sin que ninguno perdiese el tono desenfadado que solo un autor como Maupassant es capaz de aplicar en un relato.
Sí, es cierto que Patissot siempre es el protagonista y antes del primer capítulo existe una especie de introducción titulada "preparativos de viaje" en el que se nos presenta al personaje y da una explicación a lo que sucede a continuación, pero eso no evita descubrir la verdadera esencia de uno de los mejores "cuentistas", en el mejor sentido del término, de la narrativa europea.
Tenemos pues una novela que conjuga lo mejor de sus relatos o cuentos, una novela presentada en pequeñas dosis que aparecieron inicialmente por entregas en "Le Gaulois" en 1880 -el mismo año en que se publicó, unos meses antes, su primera novela Bola de sebo y con notable éxito-, y que no aparecieron en forma de libro hasta 1901. Es posible, al menos esa sensación queda tras la lectura del libro, que pudiesen ser más los "capítulos" que el autor tuviese en la cabeza, ya que no existe un final más allá del final del décimo.
El caso es que  descubrimos, ya desde el inicio, el gran observador que fue Guy de Maupassant y, lo que es más importante, la capacidad para narrar y mostrar, con pinceladas acertadas y precisas, los alrededores de París y sus habitantes. Por si esto fuese poco queda aquí latente la fuerza de su crítica hacia la burguesía, a la sociedad que esta conforma y los ambientes donde se maneja.
Por medio Patissot somos capaces de comprobar como vive un miembro de la burocracia, un funcionario perteneciente a esa clase social a la que el autor francés logra, como nadie, caricaturizar de manera sobresaliente, logrando pasar del asombro a la sonrisa, cuando  no a la carcajada, en una sola línea. Situando a su protagonista en escenarios y situaciones llenos de comicidad, sin necesidad de recurrir a estereotipos ni chistes fáciles.
Patissot es un turista superficial (se pueden encontrar demasiadas semejanzas con nuestros días) que antes que buscar la aventura, aunque para él todo se presente como tal, lo que trata es vincular sus grandes paseos a la prescripción médica alarmado por su salud. Gracias a él recorreremos los campos y caminos que rodean la capital francesa y nos encontraremos con personajes carismáticos, sin desperdicio alguno y ante los cuales la ironía de Maupassant se afila hasta casi cortarnos la respiración, con un humor tan perfectamente dibujado que somos capaces de recrear desde los caminos, chalets y casas de comida, hasta los gestos de cada uno de sus protagonistas.
Un narrador nato, vuelvo a repetir lo de uno de los más destacados del siglo XIX, que envuelve con su prosa, que atrapa de tal manera que es imposible acabar un capítulo y no iniciar el siguiente sin perder ni un ápice de la sonrisa, hasta tal punto que esta parece instalada en nuestra cara incluso minutos después de cerrar el libro.