QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...

martes, 31 de diciembre de 2013

BREVIARIO DEL BUS. Luís Pousa



Tenía pensado acabar el año con otro libro, pero la prosa precisa de Luis Pousa no solo me ha señalado mil mundos, sino que ha despejado mi memoria y ha descubierto ese hueco del pasado que guarda recuerdos con historias en las que el autobús era el protagonista, cuando recorrer apenas 50 kilómetros era toda una aventura.
Las letras de Pousa, las ilustraciones de Miguel Ángel Martín y el prólogo del Enrique Vila-Matas me han trasladado a esos asientos en los que lectura es obligada, en los que las historias se ven acompañadas de escenarios ajenos en los que vislumbrar tantas experiencias como palabras se dejan de leer.
Sí, en mi memoria se asoma el recuerdo de un 31 de diciembre, un autobús sin libros ni viajeros y un niño que trataba de llegar a casa. Un viaje que se convirtió en una aventura de la que, gracias a Luis Pousa, han reaparecido muchos de sus personajes. Y es que sus textos, sus viajes, son eso, una ventana abierta a la mente, al recuerdo de aquellas sensaciones que permanecen en nosotros sin que les prestemos mucha atención, pero que de vez en cuando, cuando reciben el estímulo necesario, reaparecen con una fuerza que hacen dudar de su veracidad.
El autor no se conforma con narrar, con contarnos anécdotas, con despertar nuestra mente, sino que recorre pacientemente las vidas de aquellos que eligieron el bus, el autobús o el trolebús como medio de transporte. Y lo hace de la mejor manera posible, con una prosa depurada, fresca, que no esconde nada, que rebusca en la propia literatura y en su lectura la esencia del libro sobre los asientos gastados del bus. El rescate que hace de las palabras y los hechos de un buen número de escritores es la excusa perfecta para incitarnos a sus textos, a aquellos relatos en los que queda demostrada la valía de los narradores.
Jardiel Poncela, Italo Calvino, Ramón Gómez de la Serna, Paul Bowles, Martin Amis, Manuel Rivas, Julio Cortázar, Miguel Torga, Franz Kafka, Camilo José Cela, Walt Whitman, Anatole France, Charles Bukowski, el propio Vila-Matas y unos cuantos maestros de literatura prestan sus palabras o sus gestos a Pousa para crear un libro magnífico, en el que es fácil ensoñar, añadir y releer.
No debe extrañar que a medida que se van leyendo cada uno de sus 25 textos nazca en nuestro interior ese deseo de viajar y leer, de leer y viajar, de correr en busca del Urbano, del Coche de Línea o de la Exclusiva que, permítanme siguen siendo las formas en que el autobús se sigue llamando en mi casa.

¡Feliz Año! y unas prósperas lecturas nuevas.



sábado, 28 de diciembre de 2013

LAS MUCHACHAS DE SANFREDIANO. Vasco Pratolini



Nada más coger el libro entre mis manos hubo algo que me impulsó a saber algo más de un escritor del que desconocía prácticamente todo. No sabía ni quién era y su nombre no me sonaba en absoluto, así que me dediqué a leer (cosa que procuro no hacer antes de empezar a leer para no intoxicarme) la completa biografía que aporta el propio libro.
Y claro, lo primero que descubro es que, entre otras cosas, era el guionista de "Rocco y sus hermanos" de Luchino Visconti (el cartel de la película ocupó durante muchos años un lugar preeminente en mi habitación). A partir de ahí, no sé si influenciado por su relación con el cine italiano de los años cincuenta, no pude por menos que leer toda la novela como si estuviese viéndola a través del objetivo de una cámara.
Pratolini pasó a darme, en la intimidad de la lectura, una dosis completa del neorrealismo italiano. Y en cada párrafo, cada línea, no podía escapar de esas imágenes que formaban parte de una época de la historia del cine europeo.
Ya desde la primera página, repito que no podía apartar de mi mente las imágenes, en especial las femeninas, que la gran pantalla me había ofrecido y que gracias a Pratolini volvía a recuperar como si fuesen nuevas y reales. Desde la descripción de Sanfrediano, a la orilla izquierda del Arno, hasta cada una de las seis mujeres protagonistas, iban recreándose en mi mente en un blanco y negro tan característico que casi me parecía oír de fondo el ruido del proyector.
No sé si esa sensación cinematográfica me acompañó mucho tiempo, pero el caso es que la lectura se convirtió en un verdadero disfrute, descubriendo en cada línea esos estereotipos que caracterizaban el cine de la época. escuchaba los sonidos del barrio, los piropos y juegos de palabras que los protagonistas se lanzaban, llegando a ser incluso uno más dentro del barrio de Sanfrediano.
Una novela fresca, de lectura ágil, en la que la mayor parte del tiempo la boca se arqueaba hacia arriba al borde de dibujar una sonrisa, disfrutando de cada descripción, de cada diálogo como si las letras hubiesen traspasado el propio libro y una pantalla se presentase ante mi.
Sí, claro que si alguien hubiese escrito hoy esta novela muchos sectores habrían hecho sonar todas las alarma y más de una ruptura de vestidura habríamos visto en directo. Pero gracias a la narración de Pratolini que logra situarnos en esa posguerra europea, en el barrio florentino que da título al libro, vemos los rostros de Tosca, Mafalda, Gina, Bice, Silvana y Loretta y, lo que es más importante, sus expresiones y contoneos, su voluptuosidad y gracia, pero sin olvidar su desparpajo, sus arrestos y esos aires italianos que el cine tan bien ha sabido retratar.
Ah! Claro y también a Aldo Sernesi, ese "Bob" con un perfecto parecido a Robert Taylor. Ese donjuán que logra que las seis caigan rendidas a sus pies. Eso sí, el desenlace es mejor que lo descubra cada cual leyendo un libro que se saborea con deleitación en cada uno de sus catorce capítulos. Recomiendo que no se lea el índice para que no se adultere la lectura.
Por cierto, hay que resaltar la edición conseguida por Editorial Impedimenta que logra que el libro sea un objeto bello, atractivo, que invite a tocarlo y, lo que es más importante, a leerlo y conocer qué atesora en sus páginas.

martes, 17 de diciembre de 2013

DIES IRAE. César Pérez Gellida



Me suele costar mucho leer segundas partes de novelas que me han gustado mucho. No hablo de novelas en las que los personajes son los mismos, esas sagas en las que vemos como los protagonistas van evolucionando y creciendo y en las que cada novela tiene un principio y un final, sino de aquellas que forman parte de una trilogía (o incluso más) y cuya historia se reparte entre los libros que la conforman. De hecho en muchas de ellas he naufragado en el intento de leer la segunda de las "entregas".
El buen sabor de boca, el disfrute de la lectura y las imágenes de Memento Mori aún estaban presentes cuando llegó a mis manos esta segunda parte de la trilogía "Versos, canciones y trocitos de carne" (nombre que seguro a muchos lectores les puede echar para atrás, ellos se lo pierden). Agarré el libro con tanta energía como ganas tenía de seguir con las andanzas de Augusto, Ramiro y Armando. Pero había algo, algo difícil de explicar, que me impidió comenzar la lectura. De hecho me acompañó en más de veinticinco horas de avión y, al menos, cinco más de autobús,siendo incapaz de comenzar la lectura, ni siquiera de ojear el prólogo que, había leído, era de Jon Sistiaga.
No sé si tenía miedo a lo que me iba a encontrar o simplemente mi subconsciente me hizo pensar que  no era la lectura más adecuada para un viaje largo. El caso que una vez de vuelta, en la tranquilidad de la noche, no pude por menos que restarle al sueño todas las horas posibles para sumergirme en una lectura a la que pretendía lanzarme a tumba abierta.
Pocas veces una segunda parte tuvo tanta entidad como para poder leerse de manera independiente. Estamos ante una historia en si misma. Sí, continúa y aclara mucho lo acontecido en la primera parte, pero es que tanto los personajes, los escenarios y los acontecimientos dibujan una historia nada parecida a la anterior. Y es que Pérez Gellida logra trasladarnos, sin ningún tipo de esfuerzo, a unas calles que nada tienen que ver con las del Valladolid de Memento mori, nos muestra unos personajes que han evolucionado, y de qué manera, y nos vuelve a involucrar en una historia que se va gestando a medida que pasan las páginas.
La verdad es que se hace muy difícil hablar del libro sin desvelar sus secretos, pero ha medida que se intenta explicar van surgiendo imágenes a modo de flash que dan más valor si cabe a la propia lectura. Claro que tiene mucho de cinematográfica, el autor no se conforma, como ya lo hacía en su anterior novela, con narrar la historia sin más, nos introduce en la mente de los personajes, en la historia de estos y en la de la Europa reciente. De hecho la narración combina a la perfección los acontecimientos presentes de 2011 y la vuelta al pasado, de 1995 en adelante, para que profundicemos aún más en los protagonistas, en esos personajes con los que línea a línea vamos compartiendo algo más que la conexión acto-espectador.
Pérez Gellida vuelve a demostrar que es un escritor inteligente, capaz de ofrecernos una lección de historia para algo más que rellenar páginas y páginas, nos pone en antecedentes para que no sucumbamos a los hechos y acontecimientos que se van a producir más tarde. Vuelve a permitir que música y poesía se den la mano para que los personajes evolucionen y juega, como no podía ser de otra manera, con la narración en tercera persona combinada con la de primera persona que usa cuando quien nos habla es Augusto Ledesma.
Recuerdo que al escribir la reseña de la anterior novela, para este mismo blog, hablaba de lo que me gustaba ser capaz de imaginar los lugares que apareciesen en la historia que estaba leyendo, que fuese capaz de reconocer sus calles sin necesidad de plano alguno. En Memento mori jugaba con la ventaja de conocer Valladolid, pero en Dies irae desconocía completamente Trieste y Belgrado, así que el reto era mayor. Y si bien es cierto que no me voy a poder orientar por ninguna de las dos ciudades, si que soy capaz de sentir su esencia, ese carácter que hace que cada ciudad tenga su propia identidad.
Lo más sorprendente es que esa característica que busco en los lugares y escenarios que aparecen en el libro, la he encontrado también en los personajes que van sumando a los ya conocidos. Personajes a los que soy capaz de dibujar a pesar de que el dibujo no es lo mío, de los que parece conozco algo más que sus rasgos faciales, y con los cuales podría atreverme a mantener una conversación en un momento dado. Como se pueden imaginar quienes conozcan los libros, o incluso quienes se paren a pensar en el nombre que recibe la trilogía, habrá con quien la conversación sea más interesante y con quien es más que probable que el miedo me impida cruzar más de una palabra.
El caso es que César Pérez Gellida a vuelto a hacerme partícipe de una historia en la que la complejidad de la mente criminal me ha tenido con los ojos abiertos de principio a fin, aguantando en ocasiones la respiración para que algunos de los personajes no sintiesen mi presencia, evitando la mirada de aquellas escenas en las que el sonido parecía escaparse del libro, respirando a pleno pulmón en los breves momentos en los que la trama lo permitía.
No me queda más remedio que esperar, con impaciencia, la tercera entrega de la saga, la consumación de una historia adictiva e inteligente, capaz de atrapar a los amantes del género negro y aquellos que se apasionen con el retrato psicológico de los protagonistas

jueves, 12 de diciembre de 2013

AMANECE, QUE NO ES POCO. José Luis Cuerda




A estas alturas uno tiene claro qué es lo que es fruto de sus lecturas, de sus músicas, de sus viajes y sus películas. De la misma manera que hay libros que logran dirigirnos en una dirección, hay películas que nos marcan de tal manera que no solo nos acompañan siempre, sino que nos sirven de referencia para lo que vamos a ver a continuación.
No puedo negarlo, me declaro "amanecista", voy a robarle las palabras al propio José Luis Cuerda para explicar su significado: "esa sociedad secreta en la que puede participar cualquiera y que cuenta con lenguaje, contraseñas, valores, autoridades y santoral propio". Así que es fácil de entender las incontables veces que he podido disfrutar de la película (ya sea en soledad o en compañía de otros), el aprendizaje de ciertos diálogos y códigos, el conocimiento de la práctica totalidad de sus escenas. Y sin embargo soy capaz de divertirme cada vez que la vuelvo a ver, de descubrir nuevos personajes, nuevos guiños, de volver a reírme a mandíbula batiente como si estuviese viendo la película por primera vez. Aquí debo también confesar que me sucede otro tanto, aunque quizá no en tamaña medida, con Total Así en el cielo como en la tierra (y en menor medida con El bosque animado). Tengo pues a José Luis Cuerda en una especie de pedestal del que espero no se baje nunca o, al menos, tarde todo lo posible en bajarse.
Así que claro, recibir un libro cuyo título corresponde con el de la película, en su portada aparecen Resines y su "padre" Ciges y está firmado por el propio director, produce que se paralicen, durante unos segundos, tus constantes vitales. Y uno, en ese intento de bajarse del guindo en que parece encontrarse, logra no ceder a la tentación y guardar el libro para cuando el "subidón" haya pasado del todo.
Abrir sus páginas y dejarse llevar por la voz de Cuerda, por su manera de narrar, que aunque muchos no se lo crean, se acerca mucho a su instinto cinematográfico, por el juego a que el director albaceteño me invita desde la primera letra, es todo uno. De inmediato empiezan a aparecer decenas de imágenes de la película, diálogos inolvidables, gestos desternillantes, situaciones surrealistas. Bueno, surrealistas no, que José Luis Cuerda ha repetido en más de una ocasión que su cine no es surrealista, sino heredero de la picaresca española y de una dupla a la que debe mucho el cine español: Berlanga y Azcona.
Cuerda no se conforma  con ofrecernos el guión original, con escenas que no hemos visto bien por que no fueron rodadas o porque se encargó el montaje de dejarlas al margen, sino que va mucho más allá regalándonos un prólogo que por si mismo ya engrandece la publicación, un  álbum fotográfico (por llamar de alguna manera a las instantáneas que acompañan la publicación), un anecdotario (que hará las delicias de todos, en especial de los "amanecistas") y una completa y refrescante descripción de personajes y escenarios.
Con todo ello estoy seguro de que quien penetre en el libro recuperará una a una todas las escenas de la película, el lenguaje de sus protagonistas, sus actos, lo disparatados de las situaciones y una historia al más puro estilo "subruralista" de su autor.
Una verdadera y completa delicia para reír y disfrutar desde la primera hasta la última página. Ninguna tiene desperdicio, hasta tal punto que puesto en canción te lees de igual manera las anécdotas, el guión como el índice, los agradecimientos y la ficha técnica de la película. Por no hablar del impulso que recibe la imaginación cuando se pone a construir esos momentos que no están en la versión cinematográfica.

viernes, 6 de diciembre de 2013

CUENTOS MACABROS. Edgar Allan Poe



Hay días en los que te apetece volver a leer a los clásicos, recuperar esas lecturas que no solo dejaron huella en algún momento, sino que siguen presentes y se reflejan con mucha frecuencia en nuevas narraciones. No hay duda de que Edgar Allan Poe es uno de esos escritores eternos que además de pervivir se asoma continuamente a muchos más ámbitos que el literario. El cine, también la música, ofrece sin descanso referencias que nos hacen revivir algunos de sus cuentos, algunas de esas escenas inolvidables que se han alojado en nuestra mente y se dibujan repetidamente en la memoria.
Crecí con varios libros que alojaban los cuentos de Poe, pero ha sido la edición de Alianza la que más he exprimido, la que más he leído y releído, señalado y anotado, la soberbia traducción de Julio Cortázar ocupa ahora el doble de su tamaño original a fuerza de abrirla y recuperar frases y momentos estelares. A pesar de poseer más de una edición de los mismos Cuentos en dos volúmenes, siguen siendo los primeros los que con más fervor atesoro. Por mucha pena que me da su estado prefiero recurrir a ellos antes que a las siguientes ediciones (intactas de apenas ser tocadas).
Pero claro, hay libros de los que no puedes abstraerte, libros que te llaman tan poderosamente la atención que te atrapan desde el primer momento, Da lo mismo que sus páginas vuelvan a repetir los textos que ya conoces, los relatos que has vivido en varias lecturas, libros de una belleza tal que casi logran emocionarte una vez los tienes entre tus manos.
Uno de los más destacados, por suerte se repite con frecuencia en estos últimos años la fórmula de recuperar autores clásicos e ilustrarlos con maestría, es este libro de Edelvives que cuenta con la propia traducción de Cortázar y las soberbias ilustraciones de Benjamin Lacombe. Una obra que corta la respiración, que a mi particularmente me dejó sin aliento una vez sentado en mi mesa, en la soledad de la noche me puse a disfrutar de sus Cuentos macabros. No solo son las ilustraciones, es el diseño, de la primera a la última página, de la portada a la contraportada, de los títulos al índice. El libro es un todo que merece, cuanto menos, un repaso general a su contenido.
Además de los cuentos "Berenice", "El gato negro", "La isla del hada", "El corazón delator", "La caída de la Casa Usher", "El retrato oval", "Morella" y "Ligeia", en el libro encontramos el texto "Edgar Allan Poe, su vida y sus obras" de Charles Baudelaire y las biografías de este, el propio Poe, Cortázar y Lacombe.
Un libro completo, que conjuga de manera magistral la prosa de Poe, esos relatos (cuentos) que despiertan la imaginación (algunos no puedo aislarlos del rostro de Vincent Price en las películas de Roger Corman) y que mantiene a lector atento y expectante en todo momento, con el misterio suficiente como para que en más de una ocasión la respiración se acelere y la lectura corra en pos de ese desenlace que se siente apasionante.
Aunque lo más destacado de esta edición lo encontramos no tanto al ojearlo con asombro, sino al leerlo con detenimiento y comprobar que los ojos pasan con sorprende velocidad de las letras a las imágenes, participando en un juego que logra que la lectura sea aún más gratificante. 
Una completa joya literaria a la que invito fervientemente se le preste una especial atención. Lleva dos años conmigo y no me canso, cada cierto tiempo, de leer y observar, de sentir e imaginar mientras las horas nocturnas pasan como si nada.

domingo, 1 de diciembre de 2013

KIOTO. Yasunari Kawabata



Recurrir a grandes escritores cuando uno se encuentra en plena zozobra literaria (los grandes y largos viajes en avión te obligan a que las lecturas sean tan cómodas que exijan un esfuerzo menor) suelen traer su recompensa.
Aunque no debería extrañarme, es cierto que cerrar un libro y sentir la sensación de mantener viva una historia con mayúsculas, es algo que, por desgracia, no ocurre todos los días, pero sucede muy a menudo cuando acudes a una serie de escritores que, nunca entenderé porqué, siguen apareciendo en un segundo plano.
Uno de los casos más llamativos es el de Yasunari Kawabata, autor entre otros de Lo bello y lo triste, El rumor de la montaña y País de nieve. Premio nobel en 1968 y que en nuestro país ha sido editado casi en exclusividad por la editorial Emecé.
Y es que con Kawabata se produce ese extraño efecto de que la historia pase a segundo plano, no por ello deja de ser atractiva y consecuente, en favor de una narración, de una estética soberbia, con una profundidad que en ningún momento se convierte en opresiva, muy al contrario, la lectura parece flotar sobre un mar de palabras en las que cobra sentido de inmediato la naturaleza, los estados de ánimo y, porqué no, la seducción de la soledad y unas dosis nada desdeñables de erotismo.
De nuevo encontramos las disputas internas que oculta la prosa de Kawabata, el enfrentamiento, por decirlo de alguna manera, entre la juventud y la vejez (representados por Chieko y su padre), la naturaleza serena y la salvaje (de nuevo Chieko frente a su hermana Naeko), lo urbano y lo rural, la tradición frente a la modernidad. El autor japonés logra acercarnos a los detalles más insignificantes, a los movimientos más tenues, para percibir con toda claridad todo lo que sucede alrededor de los personajes que protagonizan la historia. Miradas, roces, colores, sonidos, incluso sentimientos, aparecen bajo la prosa de Kawabata dibujados con la maestría necesaria para que el lector no solo sea consciente de ello, sino para que los sienta como propios.
Una lectura pausada, es imposible no sucumbir al ritmo que el autor propone, que transmite tanta paz como belleza, logrando que la melancolía que despide a raudales se recomponga en vitalidad. Sin duda alguna una de las mejores maneras de penetrar en ese universo casi mítico de la cultura oriental en general y de la japonesa en particular, pues aunará la belleza estacional de la naturaleza y el eterno debate sobre tradición y modernidad.