QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...

miércoles, 22 de mayo de 2013

LAS HAZAÑAS DE SHERLOCK HOLMES. Adrian Conan Doyle y John Dickson Carr



No voy a negar que la profusión de imitadores o secuelas de Sherlock Holmes que durante estos últimos meses parece han invadido nuestros hogares casi han logrado sacarme de mis casillas. No sé, será que soy un nostálgico y me gusta respirar el ambiente del Londres Victoriano que despiden las novelas y relatos de Arthur Conan Doyle.
Pero hete aquí que un día descubro, casi sin buscarlo, pero amparado en el sello editorial de Valdemar, una obra desconocida para mi, y que en la firma aparecen los mismos apellidos del gran escritor inglés. No pude por menos que leer el prólogo e informarme que Adrian Conan Doyle era el hijo menor del escritor y que en connivencia con John Dickson Carr, escritor de novelas de misterio y gran seguidor de Sherlock Holmes, se habían embarcado, allá por los años cincuenta del siglo pasado, en escribir una serie de relatos lo más parecidos  a los escritos por Conan Doyle padre.
Los amplios conocimientos de ambos, las continuas correcciones y la veneración que sentían por el escritor, han logrado que los seis relatos que aparecen aquí se hayan reeditado continuamente desde entonces y sean considerados como los más cercanos a la pluma del propio Arthur Conan Doyle. La forma de expresarse, tanto Holmes como Watson, el uso de determinados apelativos, la elección de las tramas y la perfecta narración de cada uno de ellos logra que apenas te des cuenta de que los habitantes de Baker Street aparezcan creados por otras manos.
Intriga e insolencia, misterio y giros casi pedantes, Holmes y Watson, misterio y observación. Todo se mantiene como si en verdad la mano de Sir Arthur estuviese tras estas casi doscientas páginas.
Seis relatos que harán las delicias de los amantes del género, en especial aquellos que lo son de Sherlock Holmes, pues se mantiene toda la esencia, la estética y el ambiente que despiden. Además, y seguro que algunos se darán cuenta de inmediato, los relatos están basados en referencias que el propio Watson ofreció en la obra original, en aquellas  cuatro novelas y  cincuenta y seis historias cortas.
Unos relatos, o historias de pequeño tamaño, intensas, que parecen capítulos sacados de nuevo de la memoria del Doctor Watson y que se leen con soltura y atención, logrando que el lector tenga que desplegar todo el interés para que nada se escape, o al menos para lograr entender cada una de las frases y comentarios que lleva a cabo Sherlock Holmes.
No es Sir Arthur Conan Doyle, pero tras las primeras líneas de cada historia parece que carece de importancia, o al menos pasa a segundo plano.

martes, 21 de mayo de 2013

LAS OVEJAS DE GLENNKILL. Leone Swann



Este es uno de esos libros que se leen, al menos en sus primeras páginas, con la boca abierta y ese punto de asombro de quien tiene serias dudas de si lo que está leyendo es real (como lectura) o se trata simplemente de un juego onírico. Porque el mérito de un libro de este cariz no radica tanto en imaginárselo -a cualquiera se le ocurre que sean las ovejas quienes se dediquen a investigar el asesinato de quien les pastorea-, sino como en atreverse a escribirlo y hacerlo de manera que el lector no dude, salvo en ese principio, de si está o no bien de la cabeza leyendo lo que tiene entre manos.
Pero es que Leonie Swann nos ofrece una novela coherente, en la que  los que sobran, o al menos están menos logrados, son los seres humanos, una novela en la que el lector oye los balidos, huele el frescor de la hierba y siente un irresistible deseo de masticarla. Con un lirismo a veces desconcertante, la prosa logra atraparnos desde el inicio haciéndonos cómplices de cada uno de los movimientos de sus lanudos personajes, hasta tal punto que en más de una ocasión los diálogos parecen tan nuestros como de Miss Maple, Othelo, Zora o Mopple.
Una novela que despide humor por los cuatro costados, que hace que su lectura no sea recomendable en público, o con mucha gente alrededor, si no se quiere ser tachado de estar bordeando la demencia. Ocurrente, hilarante y llena de sorpresas (sin olvidar ese punto de inteligencia irónica que hace interesante la espontaneidad) la historia logra que el interés no decaiga a lo largo de sus más de trescientas páginas gracias a ese tono de novela policíaca que atrapa casi tanto como el propio carácter de los ovinos protagonistas.


lunes, 20 de mayo de 2013

DIEZ BICICLETAS PARA TREINTA SONÁMBULOS. VV.AA.



A medida que vas cumpliendo años coger la bici con mal tiempo se hace más cuesta arriba. Es como si estuviese esperando el momento idóneo para subirme sobre las dos ruedas y pedalear intentando recuperar los días perdidos. 
Creo recordar que han sido cuatro las bicis que me han acompañado a lo largo de mi vida. Bicis de recreo, de deporte, de montaña y de paseo que me sirvieron para avanzar y desplazarme durante muchos años en los que el coche no me apetecía lo más mínimo. La quinta ha llegado este mismo año en forma de regalo de Reyes, pero, este tiempo invernal apenas sí me ha dejado sentarme sobre ella un par de veces.
Así que la mejor manera de usar este medio de transporte, al menos mientras mejoran las temperaturas, es por medio del libro de relatos que la Editorial Demipage ha sacado a la calle estos días, Diez bicicletas para treinta sonámbulos, con motivo de su décimo aniversario. Hay que tener presente que el logotipo de la editorial es una bicicleta.
Treinta, o treinta y uno, según se mire, son los autores invitados a usar la bicicleta como excusa para narrarnos una historia. A los que habría que sumar, además, el prólogo de Eloy Tizón que, al fin y al cabo, también nos cuenta una historia bien rodada.
Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, José Ovejero, Andrés Neuman, José María Merino, Antonio Orejudo y otros tantos narradores más nos llevan por sus propios universos literarios. Universos en los que las dos ruedas nos hacen más fácil el camino o simplemente asoman de soslayo como interpretando una simple mirada o un sencillo instante que queda atrapado en las palabras.
Hay bicicletas laborales, bicicletas recreativas, ruedines e incluso un Bicicielo, ruedas dialogantes, famosas y cinematográficas. Treinta relatos que nos permiten disfrutar de historias muy bien escritas que transitan por nuestra mente más allá de lo que nos dura su lectura.
Un buen ejercicio para esperar a esos días en los que el agua no se convierta en el enemigo que es tanto para el libro como para la bicicleta. Nunca he probado a leer llevando la bicicleta, al menos cuando esta está  en movimiento, pero puedo asegurar que muchos de estos relatos me han llevado más lejos de lo que, a estas alturas, me suele llevar una bicicleta.

domingo, 19 de mayo de 2013

UN CIRCO PASA. Patrick Modiano



Patrick Modiano es uno de esos autores que parecen rondarte mucho tiempo antes de que te des por aludido, de hecho En el café de la juventud perdida me mira desde la estantería esperando ser leído desde hace al menos tres años. 
Con una larga trayectoria como escritor, es uno de los autores más representativos del panorama literario francés, poco a poco van editándose en nuestro país aquellos títulos que parece nunca iban a serlo. Como es el caso de esta pequeña novela, 174 páginas, que ahora publica Cabaret Voltaire y que vio la luz en en Francia en 1992.
Una novela en la que encontramos a un escritor más íntimo, personal y maduro. Que no necesita ya demostrar nada y que se asienta en una narrativa sencilla que parece no esconder nada a cualquier tipo de lector.
Y es esa sencillez lo que más llama la atención de Un circo pasa, pues sorprende en todo momento el uso de las palabras exactas, la falta de artificios vanos que dotarían a la novela de una mayor extensión. Hasta tal punto que cuando se toma el libro parece que estemos ante un relato al que la edición pretende sacarle un mayor partido editándolo de forma individual. Pero de inmediato la lectura aclara que Modiano no tiene  necesidad de describir mucho, ni siquiera de extenderse, pues conecta con el lector desde la primera página.
Es cierto que da la sensación de que los datos se ofrecen de manera incompleta, como que falta algo para entender no tanto la trama de la novela como la situación de los personajes principales. Esos datos se van dando con cuentagotas, implicando al lector, y en especial a su imaginación, en una historia de la que él es partícipe porque debe ir desgranando cada una de las aportaciones que hacen quienes explican su situación y sus movimientos.
No contento con eso Modiano contruye un juego narrativo cuyo contrincante no es otro que el lector. Un juego en el que la atmósfera narrativa, la propia historia parece detenerse por momentos, como si todo quedase envuelto en el silencio y no sucediese nada. Para, de repente, atosigar al lector con multitud de nombres de personas y lugares que aparecen y desaparecen con una rapidez tal que se hace imposible no ya su memorización sino su ubicación geográfica y personal.
No significa que el lector se agobie y deba retroceder para recuperar el pulso de la novela, al contrario, este accede a la invitación del escritor y recorre a toda velocidad por las calles y los encuentros sacando esos datos necesarios para que la historia siga desarrollándose.
Logra, además, que sean los protagonistas: Lucién y Gisèle, quienes nos lleven de la mano a lo largo de toda la narración, sucumbiendo a los miedos de él en todo momento y asombrándonos de los giros que se producen. Compartimos con Lucien las dudas, en especial sobre Giséle, que parece que se nos va escondiendo  durante toda la novela.

jueves, 16 de mayo de 2013

Y ENTONCES SUCEDIÓ ALGO MARAVILLOSO. Sonia Laredo



No sé el motivo que me llevó a coger este libro, puedo asegurar que no parece acercarse a los libros que me llaman la atención. Tengo claro que lo observé tras volver de vacaciones y buscar las novedades para ponerme al día sobre los libros aparecidos en mi ausencia. Lo cierto es que comencé a leer y... no pude parar. Había demasiada literatura en sus páginas como para pretender apartarme de él con facilidad.
Debo reconocer que desde el inicio sentí simpatía por su protagonista, Brianda me hablaba de héroes, de historias, de aventuras y de libros, sobre todo de libros. Las páginas olían a buena literatura, a historias leídas y vividas, a clásicos y modernos, a compañeros de vigilia y conversaciones mudas. Así que casi sin darme cuenta me había sumergido en el libro y ya era tarde para echarse para atrás.
No voy a negar que ahora que tengo ante mí el libro cerrado entiendo aún menos que empezase su lectura sin siquiera leer la contraportada (no sé si de hacerlo me hubiese atrevido a empezar, no por nada, simplemente que la explicación no iba a llamarme la atención salvo que me convenciesen algunos de mis lectores), ya que creo que esta solo parece centrarse en una parte de la historia. 
Lo que tengo claro es que quien se esconda tras el seudónimo de Sonia Laredo, deja bien claro que está relacionada con el mundo literario, disfruta y vive los libros y su lectura. Pues crea una sólida invitación para hablar de libros, logrando que el lector se implique de inmediato y su mente empiece a vagar recordando diversas lecturas que se hacen cómplices con la protagonista.
Una narrativa inteligente y con la dosis de misterio suficiente para que las páginas se sumen con notable rapidez. Hay además, aparte de esa búsqueda de una nueva vida o segunda oportunidad, un optimismo natural, un aroma a magia, a vuelta a lo sencillo, a lo elemental, a evitar la preocupación por cosas sin apenas importancia. Y es que estamos ante una novela vital, donde todo parece impregnado de vivos colores y donde la luz parece aparcar la oscuridad cuando esta apenas pretende asomarse.
Libros, amor, amistad, alegría, pasión, vida, naturaleza y un montón de sentimientos más afloran en un libro que logra que el lector, o la lectora, sean partícipes de la historia casi desde las primeras páginas, desde que le prestan un hombro a Brianda, hasta que le acompañan a Nuba y el universo que se presenta entre sus casas, calles y montes.

miércoles, 15 de mayo de 2013

AQUÍ YACEN DRAGONES. Fernando León de Aranoa



No suelo hacer mucho caso a los libros que vienen firmados por estrellas más o menos mediáticas, aunque debo reconocer que siempre hay quienes demuestran tanto talento en su trabajo (suelen ser directores de cine y responsables de más de uno de sus guiones) que no puedo evitar echar un ojo para comprobar cómo y qué escriben.
No hace mucho me pasó con José Luis Cuerda y ahora me pasa con Fernando León de Aranoa, que leo el primero de sus relatos para ver cómo se enfrenta a ellos y, casi sin darme cuenta, había leído buena parte de los ciento trece que componen el libro.
Relatos dispares, diferentes y que nada parecen tener que ver entre ellos (aunque el título del libro puede darnos unas pistas que se descubren al final de la lectura). Es posible que ahí radique uno de los secretos del director-escritor, el contarnos las cosas más variadas de la manera más sutil y sencilla en apariencia. Relatos que abren y cierran puertas, que dibujan y muestran imágenes, que señalan y esconden hechos y personas.
Relatos, al fin y al cabo, que demuestran la honestidad de quien cuenta lo que siente sin más atadura que la de tratar de expresarse y comunicar a los demás.
Una prosa culta, inteligente, con la profundidad suficiente como para invitarnos en más de una ocasión a releer el texto anterior, para buscar, o rellenar, ese hueco que parece se nos ha abierto con su lectura. Y es que el autor denota una enorme fuerza narrativa a la que dota de grandes dosis de imaginación, pero no conforme con eso avanza más allá y consigue llenar de realidad a la propia realidad, sonsacándole imágenes casi cinematográficas en su expresión escrita.
Un libro lleno de relatos sorprendentes, inquietantes que demuestran la capacidad de observación de su autor y la perfecta traslación al texto. 

martes, 14 de mayo de 2013

EL AFGANO. Frederick Forsyth



Recuerdo que comencé a leer a Forsyth impulsado por una película inspirada en una de sus novelas El cuarto protocolo. En algún momento se mencionaron otros de sus títulos y me sentí tentado de leer  Chacal que sabía estaba por casa casi desde siempre. A este le siguieron muchos más (Odessa, Los perros de la guerra, La alternativa del diablo, etc...) y el autor se convirtió en uno de esos escritores que esperas con impaciencia y yo lo encontraba mucho más entretenido y estimulante que otros con mayor nombre, al menos de forma mediática.
Cuando le tocó el turno a El afgano pocos eran los libros de Forsyth que no había leído y seguía sin cansarme su estilo (aunque reconozco que en más de una ocasión las explicaciones eran demasiado exhaustivas, ya sea en armamento, transporte o situaciones políticas y geográficas). Por si fuera poco todo parecía indicar que el autor volvía a situarnos en un ambiente actual como lo había hecho en El Manifiesto Negro, donde hacía un completo y complejo desarrollo de la Rusia postcomunista y el crecimiento y poder de las mafias de dicho país. Ahora era al-Qaeda quien ponía en peligro la integridad de occidente. 
El maestro de la novela de espías -hay quien coloca delante otros nombres, pero no es mi caso- vuelve a crear una novela perfectamente estructurada que mezcla realidad y ficción y que mantiene en tensión al lector desde la primera a la última página. Una novela en la que es muy fácil imaginar todo lo que acontece en ella, desde los personajes, descritos con gran maestría, hasta los lugares que van apareciendo, sin olvidar esa trama, esa intriga que Forsyth nos va presentando desde los diversos puntos de vista de los diferentes personajes.
Vuelve Mike  Martin (junto con su hermano Terry, protagonistas de El Puño de Dios) a ser quien nos lleve de la mano por una historia cargada de suspense y en la que siempre parece ser posible que los acontecimientos varíen en la página siguiente.